Montar mi película, trabajar en ella hasta el último minuto, terminarla por fin, me va a dar la confianza en mí misma y el empujón para recuperar mi identidad como cineasta y artista. ¿Cómo voy a hacerme creíble ante los demás si soy invisible para mí misma? He intentado que me quieran por quien soy, que cuando estén cerca puedan llegar a mí, a mi esencia para ayudarme a percibirla, a seguir, a regresar, pero el apoyo que necesitaba tanto para reconstruirme no han podido dármelo. He conseguido pequeños pedazos, contribuciones, pero al final he tardado muchísimo tiempo en estar en posición de poder avanzar sin retroceder.
Estos años han sido fundamentales para indagar en mí misma, y espero que nutrirán mi actividad futura. Porque la compasión es más profunda cuando se ha sufrido, cuando se ha estado sola, cuando has estado mucho tiempo agarrándote de la cresta del precipicio y no has podido hacer nada más que sujetarte con las yemas sangrantes de los dedos congelándose, y ver el abismo debajo de ti, día tras día, mes tras mes, año tras año. Creo que la entereza y la decencia del ser humano existe si eres capaz de la solidaridad, el apartarte de ti misma y ver a las demás personas desde lejos para no pensar solo en ti, pero desde ti misma.
He pasado mucho tiempo protegiéndome de ese ambiente hostil, de ese frío gélido que durante el día y la noche me arrasaba el cuerpo mientras colgaba del precipicio. Y no he podido mezclarme con el mundo, contemplar los paisajes, sentir la música, la calidez de otras personas, porque el sujetarme era lo más importante para no caer.
He conseguido la capacidad de reflexión con cada golpe, con cada piedra que se despeñaba y me alcanzaba de pleno, porque no he podido evitarlas, tan sólo cerrar los ojos muy fuerte para que el daño del impacto no fuese tan penetrante, tan duro, tan hiriente, y que no me descompensara y me hiciera perder el equilibrio. Pero no siempre he podido tomar decisiones que me permitieran hacer cosas sensatas, que me facilitaran el camino, que me alejarán del conflicto, la violencia, la confusión, el desamor, el abandono.
Ahora estoy trabajando en algo abstracto: mi recuperación, mi salida del pasadizo interminable, caminar hacia la luz. Y sólo sabré lo que me espera cuando esté fuera. No sé quién me recibirá. No culpo a nadie de mi destierro, de mi dolorosa estancia en el infierno, de la falta de comprensión. Pero quiero salir de aquí, porque ya sé que ni siquiera las personas cercanas pueden darte lo que necesitas; yo lo esperaba ardientemente, necesitaba desesperadamente su ayuda; las guié para que caminaran conmigo, pero las inclemencias del tiempo las alejaron de mí. Lo entiendo. No juzgo a nadie. Lo han intentado, me han allanado parcialmente el camino, me han tendido la mano; no he estado completamente sola.
Pero no he querido exponerlas a la ventisca, al frío gélido, a la oscuridad y las bestias de la noche aullando y aterrorizándome. No era justo, y he puesto buena cara cuando he podido, les he prometido que iba a estar bien, que estaba trabajando en ello, a pesar de que en mi rostro se apreciaban el mordisco del frío y el rigor mortis inoculado por la mujer eterna de la guadaña que me anulaba. Ella controlaba a las sirenas para que me cantaran, para que me acercara a la tierra del no volver.
Hemos jugado un pulso de ajedrez, donde yo hacía desaparecer las piezas y la engañaba una y otra vez para volver a empezar y no terminar nunca la partida, conteniendo la respiración ante el terror que me asaltaba con su mirada fría, su presencia invernal, su omnipresencia ante la vida y la muerte que se percibía a cada instante. Al final acepté sus visitas, su asedio. Comprendí que ella tenía paciencia, tal vez más que yo, pero que había momentos en los que hasta ella se alejaba y me dejaba tranquila durante unas horas.
Así ha sido mi vida durante años, a pesar de que he tenido periodos de calma, de alegría, de esperanza reconocible. El acostumbrarme a la situación y luchar constantemente contra ella ha sido una constante durante este tiempo. A pesar de que otras personas lo pensaran, nunca me he rendido, nunca he dejado de rebelarme.
Ellas han llegado a pensar que me estaba acostumbrando a la situación, que en cierto modo era cómodo el no tener que enfrentarse a la vida, ser activa; que yo era autocomplaciente, indolente, que me hacía la víctima y vivía sin esfuerzo de mi familia, y no me despegaba de las faldas de mi madre. Si ellas supieran lo duro que es ver cómo tu vida se te escapa mientras la de las demás personas avanza, aunque les provoque a veces reír o sufrir, pero avanzan, se proponen cosas, las cumplen o no, pero pueden contar una historia; mientras que mi historia era la lucha diaria contra la depresión, la búsqueda de soluciones, el probar y fallar, probar y fallar, probar y fallar, una y otra vez.
Es difícil contar esta historia, y mi boca estaba sellada la mayor parte del tiempo, sin poder responder con sinceridad a un ¿cómo estás? inocente. Tenía tanto miedo a que me lo preguntaran, pasaba de largo a otra parte de la habitación para intentar evitar esa pregunta, o la sustituía por otra pregunta.
Yo no podía evitar lo que mi enfermedad hacía con mi cuerpo ni con mi mente: el ralentizar y entorpecer mis movimientos, el saquear mis pensamientos y llenarlos de huecos, el no poder vivir mi vida soñada con Septiembre, con mi familia. Es muy difícil explicar cómo todo se vuelve complicado, y no haces cosas porque hasta lo mínimo te resulta duro, extenuante, y a veces no te acuerdas de cómo hacer lo más básico. Si intentas movilizarte y llevar a cabo las tareas diarias, algo en tu mente se retuerce y chirría, se estira y deshilacha con un dolor agudo que te embota la cabeza, y te silba acúfenos en los oídos, invisibles para los demás.
Cualquier cosa te provoca una angustia tremenda, como si tuvieras ventosas arrancándose de tu pecho, y tienes que enmascararlo cuando estás delante de otras personas, y te sientes inmensamente culpable y vacía, pero ellas a menudo te perciben como una persona difícil, torpe, apagada con tu semblante ceniciento porque la depresión te roba la expresividad facial, la destreza corporal.
Pero no es lo único que te roba. Te roba las ideas: no las tienes, no puedes decidirte a nada porque de repente la multiplicidad de soluciones que pueden existir para resolver cualquier asunto a ti se te escapa. Muchas veces tu cerebro sólo ve un muro, un paredón sin salida. Te estrujas el cerebro pero no llegas a una solución. Tus pies te pesan como el hormigón, y tienes sueño siempre, cansancio constante: te desanimas.
Y la acumulación de cosas pendientes y la falta de lo más básico: lavavajillas, bragas, calcetines, comida para desayunar, tazas limpias, mi ordenador muerto de asco con el último proyecto otra vez sin terminar, te desespera y te hace sentirte inmensamente culpable. Intentas lavar los platos y algo te paraliza, y los restos de comida acumulados te dan miedo, piensas en cómo se están pudriendo, y los insectos surgirán de sus detritus e invadirán tu casa, tu piel, tu pelo, tus cosas.
Te agobia muchísimo, y cuando pasas por la puerta buscas el rincón más vacío, no miras a tu alrededor, no haces nada, porque si lo haces no dejarás más que desorden para juntarse con el caos que te rodea. A tu alrededor ves tus cosas y parece que pertenecen a otra persona que en su día estuvo frente a esa cámara, compró todas esos objetos, estuvo en todos esos sitios, tenía fuerza y valor para emprender esos mil proyectos.
No respondes, no reaccionas, se te queda el cerebro mudo, y la mirada perdida. La gente te agobia, estar en una situación social se convierte en un suplicio porque no sabes de qué hablar, te impacientas, te desesperas, no sabes responder a sus argumentos, no puedes pensar y sabes que tu expresión facial les hace desinteresarse de ti. El tiempo pasa muy lentamente y sólo quieres marcharte de allí y dejar a todo el mundo plantado. Y lo peor, lo más difícil, es volver a tu casa: se te hace eterno, no miras a las caras de la gente, intentas moverte más rápido pero tu cuerpo está anclado, sufres con el paisaje a tu alrededor, todo se vuelve acechante y vacío.
Y aunque yo analizaba la situación, leía libros (que luego olvidaba fácilmente) e intentaba seguir sus consejos, encontraba información de calidad en internet, hablaba en foros con gente muy puesta que no se dejaba vencer, probaba mil y una soluciones, me emocionaba cada vez que sacaba adelante una nueva idea, un nuevo antídoto, una nueva salida, a menudo no podía comunicársela a nadie, porque al mundo le parecía aburrido, una nueva parida, una pérdida de tiempo, y yo no podía explicar ni con dos frases el movimiento ingente de información y anhelos que se movían en mi cabeza.
La gente quiere que te levantes, que andes, que te movilices, que hagas algo, que limpies los platos, que salgas a la calle, que te dé el aire fresco, que te comuniques con los demás. Aunque duela.
Lo hacen con todo el amor del mundo, a veces duramente, a veces con mucha suavidad, pero tú sabes en tu interior que tu día a día consiste en intentarlo sin éxito, y no quieres repetirte explicando lo que te cuesta todo; así que decides decirles que no te apetece, que otro día será lo mejor, que quieres dormir pronto, que quieres estar sola.
Y se desesperan y se van alejando más de ti porque piensan que no lo intentas lo suficiente, que no pueden hacer nada. Durante muchos años han intentado estar ahí, pero la situación se les hace insostenible y sienten una impotencia total. No te quieren abandonar, pero se blindan ante tu sufrimiento, intentan no pensar mucho en eso, no tratarte de forma especial, hacer como que todo es normal para animarte, para que su ánimo no se encuentre también afectado. Eso les hace algo insensibles, se alejan de ti en realidad. Notas su amor incondicional y te gustaría que te creyeran cuando les dices que haces todo lo posible, que no va a ser siempre así, que cuando estés buena harás todas esas cosas maravillosas que querías hacer. Que te esperen, que tengan paciencia, por favor, tened paciencia conmigo. Paciencia infinita, por favor.
Se ocupan de que tengas las necesidades básicas: de que comas, descanses, no te pierdas las fiestas importantes - Navidad, Reyes, tu cumpleaños. Y tú no participas en nada de esto, porque simplemente quieres que te trague la tierra, te cuesta sonreír. Les decepcionas cuando preparan algo con toda la ilusión para ti, y tú te quedas parada, como insensible, como si no te afectaran las cosas, como si no te importara el esfuerzo. Haces un esfuerzo para darles las gracias, para pasar ese tiempo con ellas, y la verdad es que lo pasas bien, te gusta su compañía, pero te sientes culpable por tu pasividad. Tienes destellos fugaces de alegría, quieres ilusionarles, quieres agradecerles de todo corazón lo que hacen por ti. Te quieren muchísimo, darían lo que fuera para que estuvieras bien, pero no saben cómo ayudarte. Y tú utilizas la poca energía que tienes para hacer cosas con la gente que te quiere, para ayudarles tú en lo que puedas, para servirles de apoyo, ya que no puedes apoyarte a ti misma, para que vayan adelante, para que vivan una vida que tú no puedes tener todavía.
Al final no valía el explicar que yo no era así, que nunca había así, que la mayor parte del tiempo había sido una persona ambiciosa, activa, alegre y diligente, capaz de animar e inspirar a la gente con mi vitalidad, la magia de hacer, de crear, de describir lo interno y mostrarlo al mundo. Sospechan de tu actitud solitaria y misántropa. Sí, es verdad que siempre has tenido un punto melancólico y solitario, pero eso no había sido óbice para conseguir llevar adelante tu vida ... ¿o sí ...?
Tendré que encontrar dentro de mí la fuerza para sacar a Excálibur de la piedra. La veo brillar desde el fondo desde este pasadizo. A ella no le importa la lluvia, el viento, los mordiscos del frío. Ella está allí, perenne, siempre reluciente, esperándome. Lo tengo que hacer por mí y por todas las personas que me quieren. Ellas también me esperan. No quiero decepcionarlas, quiere mostrarles por fin lo mejor de mí. Quiero que me quieran, quiero darles todo aquello que no pude entregarles antes. Se lo merecen.
Os quiero. Te quiero. Gracias por estar ahí, por estar siempre ahí. No os preocupéis, ya estoy bien, nunca volverá a pasar. Ahora estoy trabajando duro para sacar a Excálibur de la roca, y la compartiré para que os jure lealtad.


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