Yo tengo intención de aplanar la noche con esas sensaciones que recorren los encuentros del día ya sellado. Son como espigas doradas que brillan en la oscuridad. Es oscuridad que amansa el crecimiento de la yerba, y las incipientes gotas de rocío que destilará el paso de las horas. Esta noche se revela lentamente en contrapuntos ciegos, y sigue en guardia. Reposa mientras respira. Intrépida, esmerada, repunta como ámbar azulado en la ciénaga lunar.
Sin prisa, esta noche enjugada en el ritmo de un código atemporal, se transporta por el silbido del frío, por las moléculas engarzadas en los copos de nieve ciegos que tardarán meses en descolgarse y caer. La entrada en el día, inmersa en el ritmo circadiano, se retrasa insólitamente, y al final se extravía, como las resoluciones del razonamiento nocturno.
No llegas al fondo, al interior de este sentimiento. Te pierdes por el borde de las pistas de tinta, por el filo del vaho encogido en tu ventana mientras espías a la luna. Recoges los trazos del sentimiento, los placeres ausentes, los anhelos que te acompañan y seguirán vivos en ti durante el tiempo que sea necesario. Pero al final crees que tus escritos son como el barro, que gastan el papel, que no se prenden ni se secan. Todo es tan incierto, todo es tan seguido, tan apretado. Mañana los minutos olerán todavía a noche fresca. Lo sientes.


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