jueves, 13 de septiembre de 2012

Sigue


Durante todos estos años enferma he asimilado mis coincidencias con la tristeza, y ahora me toca circunvalarlas. Es posible que tenga que aprender a no reincidir en ellas en mis momentos débiles. Poca gente sabe lo que supone el encarcelarte en un estado de ánimo que termina marcándote a fuego sus características en tu personalidad. Yo me he resistido y he intentado no darle a la melancolía más valor del que tiene, pero, por supuesto, cuando estás ahogándote en la inmensidad y escuchas los cantos de sirenas, te acercas a ellas peligrosamente sin tan siquiera imaginarte que te van a atrapar tu propia salvia. 

Pero confío en que lo mismo que esta enfermedad me ha truncado durante tanto tiempo el devenir natural de mi vida, ahora la salud de mi mente me ayude a separar los rastrojos que quedan y sepa destacar de nuevo lo que me conforma realmente. La verdad es que todavía no sé lo que me espera, cómo me espero. Estoy descubriendo cosas nuevas todo el tiempo, porque la inteligencia activa se me despertando, mi rango visual se ha abierto, y mi mente puede respirar por fin. Supongo que es parecido a lo pasa cuando eres una bebé y vas descubriendo el mundo, porque yo ahora estoy perdiendo mis miedos. 

Pero lo que es curioso es que ahora que me zambullo directamente en el agua fría y buceo como si no necesitase salir a la superficie a tomar aire, de vez en cuando me sumo en pequeñas crisis de desesperación, como resquicios de un pasado, de otra vida, en los que me demuestro mis vulnerabilidades. No sé muy bien de dónde vienen exactamente; me sorprendo cuando me confiscan la mente y el cuerpo: son como rabietas de un cerebro todavía delicado. Pero ahora me puedo ver desde el exterior y tal vez, cuando me haya observado lo suficiente, pueda no dejarme llevar, pueda desembarazarme de esa chaqueta de fuerza en la que me enfundan. 

Llevo años en los que quería simplemente ser capaz de ponerme en marcha, de emprender proyectos, bien o mal, más inspirados o más fáciles de caer en la conspiración de la mala suerte, pero por lo menos necesitaba poder ponerme. Eso es lo único que quería, y ahora me sorprende el hecho de que esto lo estoy empezando a ver de forma completamente natural, y que el tumbarme en el sofá ya no es un destino para el resto del día, sino una pausa de mi actividad. No puedo no trabajar, porque eso equivaldría a sentirme expoliada, despojada de mis sueños, mis planes; sí, de mi destino. 

Supongo que eso es la determinación de la artista: el no saber qué hacer si no te dedicas a tu trabajo, el sentirte perdida sin él, te digan lo que te digan. Ayer me llamó mi tía y me dijo no sé qué de mis hobbies. En fin, ahora el arte se llama así. Ahora entiendo la desazón, la angustia que me provocaba ser incapaz de trabajar en mis proyectos. Era como si me robaran la vida, el anhelo de respirar. 

Pero todavía no me lo termino de creer. Sé que no hay vuelta atrás, pero mi mente no es lo suficientemente fuerte todavía para ser capaz de englobar en mis proyecciones las distancias que existen entre la acción, el resultado, el beneficio, la recompensa, el éxito y los pequeños escollos y fracasos. 

Aunque he de decir que he aprendido una cosa de la enfermedad bipolar: te prepara para las carreras de fondo. Ves el tiempo alargarse y al mismo tiempo pasarte por delante. No tienes sensación de pasado ni futuro; es un estar ahí haciendo malabarismos para no caerte y estrellarte la crisma. Y esa capacidad de ver el tiempo como algo que no acaba nunca me ha enseñado a no ver el futuro como algo que pasa mañana; es como si el futuro no importara, el tiempo simplemente se alarga, y tú haces lo que puedes con él. Y así es como me gusta trabajar: sin plazos. Simplemente te pones y sigues. Sigues y sigues. Y sigues. 

2 Comments:

nieves said...

Paloma, bien, bien te veo y mejor te siento.
un abrazo fuerte
Nieves

Ssplash said...

¡Gracias, preciosa! Y yo a ti también :-)