Tengo que rellenar de compañía estas noches fabulosas en las que me veo frente a frente y me presiento. La soledad me hace contemplarme y atender a mi reflejo. Cuando me veo, también me imagino, es como si no sólo me tengo en el presente sino que viajo por el tiempo en conversaciones ultrasonoras, como hacen los delfines.
Tu propia compañía en periodos prolongados es un volcán de sentimientos y sensaciones. Estoy aprendiendo de mí misma, observando los patrones de mi personalidad, los cambios de humor acorde a las situaciones y a cierto capricho aleatorio que no siempre puedo analizar.
Nadie quiere que esté sola; tienen miedo de que me aísle y me hunda, como si fuera un virus peligroso. Pero he de decir que en estos momentos es muy importante que le eche un buen pulso a la soledad. Yo tengo un pelaje solitario que a menudo he tenido que reivindicar, aunque en otras ocasiones lo he visto como una tara, una carencia. A veces me resulta duro, pero en general es una lección perdurable y necesaria porque me aguza la imaginación y hace que salgan a la superficie mis cualidades, y también las soluciones, paradójicamente, a mi propia soledad. También me ayuda a llevar a cabo una introspección que me enriquece, porque no tengo que pensar demasiado: todo sucede ahí, delante mío. Las frases se dicen solas, las cuestiones se desentrañan, las incógnitas se desvelan. Y me doy cuenta de que no hay nada que tenga sola que no pueda compartir con aquellas personas que quieran acompañarme.
Tal vez por todo esto tenga tanta tendencia a la intimidad con otra persona, y me resulte difícil el relacionarme a nivel social. Prefiero las distancias cortas donde haya información descodificada, donde no sea tan necesario explicarse, donde pueda compartir lo privado, donde el contacto sea muy directo, más sensual que verbal: como tocar la piel con las yemas de los dedos.
En esta cruzada de mis amistades por que no esté sola se están revelando temas muy interesantes. Todo el mundo me intenta explicar cómo es la persona que me merece, que me convendría. Y me sorprende, me llama mucho la atención que piensen en mí de esa manera, porque la verdad es que no me he parado a planteármelo mucho. Sé lo que quiero, lo que me gustaría que me ofreciera Septiembre, pero creo que cuando pienso en el amor lo hago de forma todavía poco aventajada; no puedo pararme a pensar todavía quién soy yo en todo este asunto. Es un prisma muy complejo, y todavía estoy examinando sus caras. ¿Por qué quieres a alguien? ¿Qué es lo que te atrae? Sí, exacto: ¿quién eres tú en todo este asunto?
Ya no se trata tanto de ser romántica. Creo que tengo un ramalazo pasional que he visto reflejado en la cara de mi padre cuando dejaba las máscaras aparte; una especie de desesperación y angustia reflejada en la cara cuando veía que aquellas personas a quienes quería se le alejaban irremediable, y eso le suponía un desgarro del alma. También lo he visto en mi madre, cuando miraba a mi padre como desde abajo, agachando la cabeza si era necesario para no perderse su mirada evasiva, sujetándole los hombros, intentando ver en sus ojos todo lo que sucedía en su cabeza, en su corazón. Como cuando se mira a un niño o a una niña y quieres ver si se ha hecho daño y cómo se siente cubriéndole con los movimientos de tu mirada que quiere localizarlo todo.
Lo he visto en los abrazos que nos hemos dado, que eran como un dejar en el suelo todo lo que se acarrea y con una enorme sonrisa por la alegría que sientes, correr hacia la otra persona para llegar a ella lo antes posible, aunque se encuentre a tu lado; rodearla con todo tu cuerpo y acomodar tu barbilla en su hombro mientras cierras los ojos respirando hondo, guardando ese precioso silencio, intentando alargar los segundos, porque sabes que ese momento, pase lo que pase, no se volverá a repetir.
Tu propia compañía en periodos prolongados es un volcán de sentimientos y sensaciones. Estoy aprendiendo de mí misma, observando los patrones de mi personalidad, los cambios de humor acorde a las situaciones y a cierto capricho aleatorio que no siempre puedo analizar.
Nadie quiere que esté sola; tienen miedo de que me aísle y me hunda, como si fuera un virus peligroso. Pero he de decir que en estos momentos es muy importante que le eche un buen pulso a la soledad. Yo tengo un pelaje solitario que a menudo he tenido que reivindicar, aunque en otras ocasiones lo he visto como una tara, una carencia. A veces me resulta duro, pero en general es una lección perdurable y necesaria porque me aguza la imaginación y hace que salgan a la superficie mis cualidades, y también las soluciones, paradójicamente, a mi propia soledad. También me ayuda a llevar a cabo una introspección que me enriquece, porque no tengo que pensar demasiado: todo sucede ahí, delante mío. Las frases se dicen solas, las cuestiones se desentrañan, las incógnitas se desvelan. Y me doy cuenta de que no hay nada que tenga sola que no pueda compartir con aquellas personas que quieran acompañarme.
Tal vez por todo esto tenga tanta tendencia a la intimidad con otra persona, y me resulte difícil el relacionarme a nivel social. Prefiero las distancias cortas donde haya información descodificada, donde no sea tan necesario explicarse, donde pueda compartir lo privado, donde el contacto sea muy directo, más sensual que verbal: como tocar la piel con las yemas de los dedos.
En esta cruzada de mis amistades por que no esté sola se están revelando temas muy interesantes. Todo el mundo me intenta explicar cómo es la persona que me merece, que me convendría. Y me sorprende, me llama mucho la atención que piensen en mí de esa manera, porque la verdad es que no me he parado a planteármelo mucho. Sé lo que quiero, lo que me gustaría que me ofreciera Septiembre, pero creo que cuando pienso en el amor lo hago de forma todavía poco aventajada; no puedo pararme a pensar todavía quién soy yo en todo este asunto. Es un prisma muy complejo, y todavía estoy examinando sus caras. ¿Por qué quieres a alguien? ¿Qué es lo que te atrae? Sí, exacto: ¿quién eres tú en todo este asunto?
Ya no se trata tanto de ser romántica. Creo que tengo un ramalazo pasional que he visto reflejado en la cara de mi padre cuando dejaba las máscaras aparte; una especie de desesperación y angustia reflejada en la cara cuando veía que aquellas personas a quienes quería se le alejaban irremediable, y eso le suponía un desgarro del alma. También lo he visto en mi madre, cuando miraba a mi padre como desde abajo, agachando la cabeza si era necesario para no perderse su mirada evasiva, sujetándole los hombros, intentando ver en sus ojos todo lo que sucedía en su cabeza, en su corazón. Como cuando se mira a un niño o a una niña y quieres ver si se ha hecho daño y cómo se siente cubriéndole con los movimientos de tu mirada que quiere localizarlo todo.
Lo he visto en los abrazos que nos hemos dado, que eran como un dejar en el suelo todo lo que se acarrea y con una enorme sonrisa por la alegría que sientes, correr hacia la otra persona para llegar a ella lo antes posible, aunque se encuentre a tu lado; rodearla con todo tu cuerpo y acomodar tu barbilla en su hombro mientras cierras los ojos respirando hondo, guardando ese precioso silencio, intentando alargar los segundos, porque sabes que ese momento, pase lo que pase, no se volverá a repetir.

2 Comments:
Me encanta la mirada perdida de la gente cuando abraza. Están tan cerca y tan lejos a la vez...
¡Es verdad! Gracias, Nano. Oye, estoy haciendo lo que me dijiste el otro día, and it works! Besitos
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