He vuelto a caer, he vuelto a estrellarme, he vuelto a perder la confianza, el savoir faire, la ubicación, la presencia, el sentirme de pie, el anclaje. De nuevo el día se retuerce entre sus entrañas y en vez de recibirme me escupe. De nuevo siento que me falta esa mano amiga que me recogía como el cuenco de una concha marina, y me aconsejaba bien, me transportaba cuando me fallaba el caminar, y me llevaba a unos metros, ahí ahí, donde tengo mi esquinita, mi hueco, donde puedo ser yo misma. No quiero ser leona ni caimán, me conformo con ser un ser pequeño, trabajador, ocupado, alerta.
Ya no puedo ser pequeña, porque la pequeñez también me queda grande. Ahora tengo que huir aterrada de mi propia desnudez, a donde no puede acompañarme nadie, y donde mis cosas no se acercan a mis manos. Es una sensación reconocible, pero no por ello menos angustiosa.
Quiero tener esperanza en el día de mañana, pero tengo que poder reengancharme, volver a examinar la hoja de ruta, reponer combustible y seguir mi vuelo solitario en biplano. Pero lo que pasa es que tendría que estar volando durante meses antes de avistar Ítaca, de poder hacer un apunte de viaje y trazarla en el plano para ser capaz de volver. No tengo derecho a irme allí todavía.
Pero es que estoy volando en picado, y ya cierro los ojos antes del impacto.
Mientras caigo me puedo imaginar que por lo menos la estoy buscando. Supongo que eso es bueno. No sé si la pasión que me arrebola y que defiendo a capa y espada en este mundo cruel amortiguará el golpe, pero sé que me va a doler.


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