lunes, 16 de septiembre de 2013

Esa hoja suelta del calendario

Aprendes rápido la dinámica de la Hyène, y ahora se quiere colar por todas las esquinas, por todas la grietas del cuerpo de mi hermano y de nuestro espíritu. Por ahora ha conseguido convertirle en un ser ausente, postrado, caquéctico y desganado. Pero para combatirla hemos aprendido a ser como un virus mutando estrategias, turnos y dinámicas de ataque. Antes amenazaba con la fiebre alta, y ahora con la baja, y cree que podrá con nuestro agotamiento. A mí me ha provocado parásitos intestinales, desorientación, lapsus de memoria, dolor y rechinar de espalda y de piernas, migrañas intensas de cabeza, cansancio y embotamiento en los ojos, y un eczema en el cuero cabelludo que intento no rozar con los dedos porque me escuece como si estuviera en carne viva, y que no me he mirado. Casi no me atrevo a que mi madre lo examine, y tal vez pueda ir a nuestro médico de cabecera el jueves. Tal vez... Es que pillas los bacilos al cerrar ochocientas veces los interruptores de la luz, los del ascensor, los mandos de la máquina de bebidas.

Ella avanza pero nuestro equipo está siempre a la defensiva, y aunque no conseguimos arrinconarla se detiene y envía a sus esbirros: bacterias hospitalarias, cucarachas, la amenaza de las escaras, la toxicidad, algunas personas sin experiencia que pinchan a mi hermano cuatro veces su carne quemada antes de conseguir encontrarle la vena para la vía.

No es nada fácil localizar las artimañas de la Hyène y comprender su efecto a corto plazo. Se ríe en nuestra cara; sólo somos insectos para ella, gusanos, una molestia pequeña e incordiante, porque ella siente cómo bloqueamos sus intentonas, y, aunque no nos tema, la hacemos avanzar más despacio. Después de todo, nuestras armas son caseras y rudimentarias: café, taxis, móviles, visitas frecuentes a la máquina de bebidas para hidratarnos, móviles, una armada de medicamentos, la coordinación impecable a la hora de pasarnos la información de forma colectiva. Nos damos moral, compartimos el pesimismo y las malas noticias de forma estoica, con honestidad relatamos la última declaración demoledora del médico adaptándola convenientemente cuando la relatamos a mi madre. Tenemos el control de enfermería al lado y hemos propiciado una relación amistosa y solidaria de doble sentido con las enfermeras, y no nos cabe ninguna duda de que son ellas quienes le mantienen vivo. Ellas forman parte de nuestra primera línea de ataque con su acción rápida y eficaz.

Mientras la Hyène maquina, en nuestra familia estudiamos cualquier gesto suyo, quejido, equívoco; nos informamos y ayudamos mutuamente a todas horas con llamadas cruzadas como un batallón, siempre cargando contra ella. Pero nuestras armas tienen efectos colaterales y van deslabazando el cuerpo de mi hermano. Ella contrarresta nuestros ataques con gran sagacidad, su entrenamiento es impecable. Busca el arponazo final, la debilidad y victoria tras múltiples acometidas mortales, el descorazonamiento, el momento clave.

Nos crea inquietud, ansiedad y desorientación, la tememos y a veces nos desesperamos; yo lloro delante de las enfermeras y mi hermana, pero no delante de mi hermano o de mi madre, y nunca del médico. Nuestra
economía es de guerra y hemos adaptado nuestro modus operandi para saber dónde nos encontramos en todo momento con respecto al avance de la enfermedad.

El mundo tras tu turno contiene y exhibe demasiada luz, demasiada despreocupación, demasiada ignorancia. Está ajeno a todo esto. Yo lo ignoro, pero me zambullo inmediatamente en mi lectura, mi trabajo artístico, la comunicación íntima con esas personas clave en mi vida en estos momentos.

Somos un capullo cerrado que contiene cuatro personas que desde dentro maquinan el último ataque contra la Hyène. No se puede destruirla ni herirla de muerte. Todo parece que lo hacemos a rastras, tarde, con exceso. Debemos reaccionar rápido en esas noches de espanto, pero a veces lo hacemos con retrasos al dar la voz de alarma, hiriendo a mi hermano con esas durísimas intervenciones médicas: le pinchan, le inyectan, le inoculan.

Al estar sola en la casa de mi madre observo que ella sigue pasando las hojas del calendario. En ese momento me entra un escalofrío que me provoca algo así como la sobriedad que le golpea de repente a una persona borracha al pasar algo terrible. Me recuerda cuándo me aprendí de memoria la fecha y la hora de muerte de mi padre, y me pregunto cuándo arrancaremos la última hoja de la vida de mi hermano, y qué haremos entonces.

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