¿No has visto al zorro? Te mira perdido con sus ojos de plata, suspirando por el amanecer que le enseñe de nuevo el camino a casa.
El zorro te mordisquea los sueños, pero también los vela. Te secuestra un trozo de tu mirada si la diriges hacia la frontera entre la ciudad y el bosque.
La mente del zorro es vertical, pero su cuerpo se dobla como el de un pordiosero. No busca, espera. Te recuerda. Encuentra al zorro, y síguelo. Su sonrisa de escarcha, su lengua de humo seduce a las ortigas que mienten en el jardín.
Ya no puedes volver. Ama, conjuga, afila, lame, aúlla, gime, mánchate. La rabia se desprenderá de ti como la piel de una serpiente. El zorro girará la cabeza y se reirá de su muda ensangrentada.
Has entrado en casa, y no había nadie. Presta atención al zorro; él no vive en los prismas de un hogar inacabado. Prefiere el hielo.
No te preocupes. Como el conejo mágico, siempre saldrás del la madriguera. Tus sueños y tus pesadillas conviven juntos. El pasado feliz, el futuro triste. Ahora me ves, ahora no me ves …
Pero, espera un momento ... Lo desgastado brilla!!
Y te preguntas dónde se aloja el dolor del bebé recién nacido que oxigena su piel por primera vez y siente que los días le queman. Si supieras dónde entra esa alegría que discurre como plástico liso por las calles, ese afán por expresar la vida que se te escapa.
Que no te aterre el miedo oscuro, el deseo subterráneo, las vetas y la luz afiladas del lucero del alba. El camino es el barro, es la marca, es la herida.

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