lunes, 10 de diciembre de 2012

La ciudad



Los días vacíos, la nada, la hiena, tu corazón delimitado como las aceras alquitranadas, la decoloración causada por el fuego amigo, la nada del cuerpo sin resortes. En la isla finalmente has encontrado las minas que te podrían estallar entre las manos, los miedos a flor de piel que te escupen a ti. 

Ya has dado con las tramas inconexas, con la sangrante hoja en blanco, con las traiciones de los neurotransmisores agotados, con las brumas de la soledad. Y has descubierto en la nada el esqueleto osificado del zorro. La nada del sabor del sueño precario y electrificado que te causa tu miedo a la mediocridad. 

Ya, finalmente, percibes el filo cortante del salitre oceánico que te enfrenta contra las cuerdas tatuadas de tu pasado. Tu pasado torturado y transcurrido, pero pulsátil y durmiente como un virus. 

Buscas un espacio donde no te persiguen las esquinas, donde no te interrogan los armarios, no te identifican los espejos. Donde el frío no te busque, ni las prendas te obliguen a cubrirte. 

Te he leído y releído para encontrar, para entender. Y entiendo esto: el castañeo de dientes lo causan las falsedades precipitadas desde el cielo plomizo de la ciudad-emboscada. Es la nada que a veces nos puebla y nos absorbe como una ventosa sucia y humillante. Y tú siempre reaccionas ante la nada. Pero ahora que te has creado abandonarás el espino de la nada arrebatada. Te veo. Lo sé. 

Londres y su niebla de incienso plateado. En invierno el gris es tan gris, que parece pintado. En verano la ciudad parece su reflejo en el agua. En la ciudad de las mil caras recorrerás mil emociones. La soledad no tendrá ya alternativas. Es una forma de cruzar tus propias fronteras. Al alba, cerca de ese horizonte nuevo donde no incordiarán las notas de la nevera.

El sonido de la caracola errante que conjuga todos los sonidos cuando la noche cae y los niños ya no juegan, se te revelará en los huecos de tus noches en vela. Es un sueño de impronta que se olvida irremediablemente por la mañana. Tras escuchar su oráculo reverdecido, emprenderás el recuento de las imágenes de tu día, y en el recuerdo de tus carencias encontrarás ese amor recuperado. 

Amar no se recuerda. Se redescubre.


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