Quiero llegar al conocimiento por diversos medios, no todos a mi alcance. Pero hay una ruta directa e instantánea, y es la inmersión escenificada, la falta de aire sin pretextos, la mediación de tu lateralidad y la salida inesperada que sin embargo encaja perfectamente.
No quiero rebuscar en la terminología pero la simple exposición a la cuestión sin definir, al intermedio, a la desnudez expresa y los cabos cortados. Para marcar tu ruta es suficiente integrarte y situarte en el lugar adecuado donde suceden verdaderas maravillas.
En el fondo es como sentarte en el camino y esperar sin la capacidad de dudar nunca, sin impaciencia ni prisa. Porque es ahí donde debes estar, donde construirás tu casa y te resguardarás en su sombra, verás las plantas del prado crecer y forjarás tus raíces; ahí, sin mover un dedo en realidad.
Esperas y te lo vas planteando, tu oído se hace cada vez más fino, tus manos más fuertes y capaces, tu cuerpo flexible, tus movimientos precisos. Comienzas a crear tu propio calendario mientras ves cómo la noche gira y seduce al día, y apuntas detenidamente los detalles del cambio de estación. Convives con los climas y recoges las diminutas cosechas que crecen a tus pies mientras el caucho de tus sandalias se hace a tu huella.
Al rozar tu propia piel recorres senderos, retomas ubicaciones, imaginas rectas y curvas y recodos. Al apresar tus palmas recobras la sensación prensil y reflexionas sobre la horizontalidad del aire y la verticalidad del espacio intermedio, y en su conjunto reproduces fácilmente en tu mente la tridimensionalidad del paisaje, de las formas, de las ideas, de los planos temporales, de las ubicaciones.
Sabes que los sabores no son absolutos, que no pretenden capturar tu sentido del gusto, tan sólo evocar momentos y lugares y expectativas e instantes.
No quieres emprender la búsqueda, sería inútil, sería desaconsejable, sería dejarte vencer por la inercia, sería desinformarte, convertirte en un objetivo sin cabeza, ni cuerpo, ni historia, ni recorridos.

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