El notario ha muerto ayer; un ataque al corazón, un hombre joven.
Aunque la semana pasada parecía que su firma era sempiterna mientras ejercía su autoridad y refrendaba la multiplicidad de voces que recaudan en nombre de la muerte de mi padre, que le van borrando folio a folio, sello a sello, euro a euro.
Se diría que el notario era eterno, que nuestro dolor era autoinmolable como pompas de jabón secas y sucias, que su mirada afilada me deshacía de la improbabilidad de estar ahí delante de él, escuchando el nombre de mi padre como si fuera un objeto de oficina, como las gomas elásticas, por ejemplo.
Se diría que ahora las cuentas de cristal de las ostentosas lámparas de sus despachos llorarán destellos por su muerte, que las abogadas sentirán el peso de esas carpetas repletas de documentos que narran su muerte en cientos de líneas, que el timbre del teléfono finalmente es estridente cuando machaca al silencio de la espera.
Ahora las alfombras de la notaría no se tragarán el dolor de los pasos desconsolados.


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