domingo, 17 de noviembre de 2013

Inocencia


No sé muy bien quién sería en este momento si no hubiera perdido la inocencia. Con las muertes de mi padre y de mi hermano este año la he perdido.

Perderla quiere decir ver cómo surgen sentimientos dentro de ti, notar cómo se prenden a tu carne, decir adiós a aquéllos que antes te protegían, acoger en tu seno a los que desde este momento han de calentarte cuando haga frío, impedirte caer aunque exploten granadas a tu alrededor, aunque te empujen y caigas por un precipicio.

Ahora sería una persona que tendría un techo sobre su cabeza sostenido por una falsa idea de seguridad. Tal vez alguien con miedo a caer, a sufrir. Alguien más vulnerable pero menos sensible, alguien con menos conocimientos. No sabría lo que sé ahora sobre la permanencia, la pérdida, la fragilidad, lo que se escucha cuando todo es silencio. No sabría parar, frenar. No sabría erguirme cuando tienes que empujar tu cuerpo adelante, levantarte y hacerte cargo de una inmensidad de dolor, responsabilidad, realidad. Y sobre todo no sabría que no es tan fácil rendirse. 

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