viernes, 14 de diciembre de 2012

Fat buttery words


Llevo tres días escribiendo sin parar. Lo único malo es que me duelen los ojos, pero no tengo más remedio que utilizar el ordenador. Tengo ganas de utilizar de nuevo una máquina de escribir, como hacía a los doce años; o simplemente escribir en folios encima de mi mesa, como cuando tenía siete años. Desconozco si Virginia Woolf escribió con una máquina de escribir Smith Corona; aunque por su diario sí sé que en muchas ocasiones ayudó a Leonard a editar sus libros en su imprenta, la Hogarth Press, letra por letra, pieza por pieza. Llenándose las uñas de tinta mientras preparaba minuciosamente la tipografía, congratulándose cuando avanzaban un par de páginas diarias más. 

Me pregunto cómo sería volver a escribir sin poder retractar(se) tan fácilmente. Llenándote los dedos de Tippex, o creando nubes de anotaciones para cuando fueras a pasar el original a máquina. Cuando hacía esto (y lo hice desde los 6 a los 21 años) el proceso entero llevaba un tiempo que no se me hacía pesado. Cada día era una decena de páginas; cada golpe táctil contra la blandura del papel o la brillantez de la tecla de la máquina de escribir establecía el ritmo, el rumbo, el encuentro con el próximo minuto, la próxima hora, el final del día y la concatenación con el siguiente. 

El teclado escalonado permitía reconocer cada palabra tuya, única, por el ímpetu que supone el choque en seco contra la tecla y el papel almidonado. Hay palabras cortas que requieren una sola mano cayendo en picado desde el aire. Otras, un foxtrot, o un vals interpretado en la máquina a dos manos. Y el golpe de efecto contra el carro al terminar una línea era suficiente para reafirmarte en el espíritu del párrafo anterior, una pausa para tomar aire, un nuevo quiebro de tu imaginación literaria. 

Cuando tenía vacaciones me levantaba por la mañana saltando de la cama con ganas de escribir: era mi pasión, mi trabajo, mi identidad. Escribir y el cine, claro. Durante muchos años llevaba un diálogo personal e interno conmigo misma y mis libros, y llegué a ser muy buena en eso. Me sorprendía incluso cuando podía compartir pasiones, narraciones e ideales (e ídolos)  literarios con otras personas. Y fue en el instituto donde pude expresarlas más cómodamente. Después con mis películas y mis guiones. 

Ahora me siento de nuevo entregada al vaivén de este trabajo, a la pasión, a la naturalidad que en mí radica. Lo que más me gusta es que de repente leer tiene sentido; empaparse de los viajes literarios, como hacía antes, es un proceso natural, necesario, alimenticio. Por fin entiendo por qué me encontraba tan entumecida últimamente en mis lecturas: había perdido el rumbo, la lógica que me permitía el diálogo con el libro, con la autora, el autor, con la literatura encerrada en las palabras. Porque no podía crear esa trayectoria que se retroalimentaba, con la que de alguna manera en la escritura respondía a mis lecturas, y en la lectura imaginaba mi propia literatura. 

He de decir que leo casi exclusivamente en inglés, pero no me voy a atormentar por eso. He pasado la etapa más importante de mi vida leyendo y mezclándome la esencia con todos los libros imaginables en castellano y traducidos, y ahora mi mente bebe y se poliniza entusiasmada con los conceptos, narrativas y rastreos que me proporciona el inglés y la cultura anglosajona e internacional. 

Me siento feliz escribiendo en inglés y en castellano. Es muy diferente. ¿Cuántas vidas posibles puede experimentar la mente? El poder beber de otro idioma me permite explorar miles de puntos ciegos en mi cabeza, imaginarlos y sacarlos a la luz. Y a veces se produce una mezcla pirotécnica de culturas y fuselajes, especialmente cuando intento decir en español algo que diría fácilmente en inglés. 

Me gusta el inglés porque tengo la inmensa suerte de descubrir palabras nuevas todos los días. Mi boca se deleita con ellas, con el sonido, el chasquido, la textura y el ritmo de estas nuevas palabras que inmediatamente enlazo con sus significados, sus sueños, sus quimeras; las mías. 

Es la pasión por las palabras que me hizo atesorar los dos pesados volúmenes del diccionario de María Moliner cuando tenía 16 años. Estos mismos libros han viajado conmigo por el mundo y han saltado de país en país cuando cambiaba mi residencia. No ha sido fácil, pero no podía dejarlos atrás (ellos tampoco querían abandonarme a mi suerte). 

Mi casa está vacía, no sé dónde han ido a parar los cientos y cientos de libros que he leído cuando estaba fuera. Y la mayoría de los que leí aquí, en Madrid, se encuentran atesorados en decenas de cajas en los altillos de la casa de mi madre. Parece ser que mi madre también desmontó mi adorada librería blanca, y guardó las barras y los estantes para que cuando yo pueda vuelva a reconstruir en mi casa. 

Pero el diccionario de María Moliner ha estado siempre conmigo. Es el libro más maravilloso que jamás he podido leer. Y nunca se acaba. 

I like wordshttp://www.lettersofnote.com/


Dear Sir:

I like words. I like fat buttery words, such as ooze, turpitude, glutinous, toady. I like solemn, angular, creaky words, such as straitlaced, cantankerous, pecunious, valedictory. I like spurious, black-is-white words, such as mortician, liquidate, tonsorial, demi-monde. I like suave "V" words, such as Svengali, svelte, bravura, verve. I like crunchy, brittle, crackly words, such as splinter, grapple, jostle, crusty. I like sullen, crabbed, scowling words, such as skulk, glower, scabby, churl. I like Oh-Heavens, my-gracious, land's-sake words, such as tricksy, tucker, genteel, horrid. I like elegant, flowery words, such as estivate, peregrinate, elysium, halcyon. I like wormy, squirmy, mealy words, such as crawl, blubber, squeal, drip. I like sniggly, chuckling words, such as cowlick, gurgle, bubble and burp.

I like the word screenwriter better than copywriter, so I decided to quit my job in a New York advertising agency and try my luck in Hollywood, but before taking the plunge I went to Europe for a year of study, contemplation and horsing around.

I have just returned and I still like words.

May I have a few with you?

Robert Pirosh
385 Madison Avenue
Room 610
New York
Eldorado 5-6024


4 Comments:

Anónimo said...

Escribir es un arte, un don, un regalo, gracias por compartirlo…
;)
Besos.

Cáceres.

Ssplash said...

Gracias por leerme!

Besoss

Nano said...

Las palabras y tú formáis un gran equipo. El diccionario es más parecido a la Torre de Babel; siempre hace falta una cabeza bien amueblada (con sus estanterías pero también con sus vivencias profundas, con un espíritu valiente y bien formado) para poner orden y esculpir arte, como tú haces. Congratulations!

Ssplash said...

Gracias, peque. Para esculpir arte y ¡para escupirlo!

Besoss