miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pulso

Sí, es difícil de describir porque se apoya en el músculo cardíaco rebotando como un salmón en una red de pesca. Se trata de encumbrarse en un espacio que resulta baldío a primera vista, para luego acomodarse en una mecedora, y reclinarse girando el balance de la silla sobre rocas calcáreas que esconden su historia centenaria sin contemplaciones. Con la garganta seca querrías hablar y lanzarle al eco varias explicaciones afortunadas, pero no consigues seducirle y las palabras suenan como aparejos viejos y deslucidos. Buscas tu Excálibur, como siempre. 

Todo parece que se compone de segundas partes que te tal vez te atrevas a relatar. Sabes que no es suficiente lo que estás contando en este momento: deberías ser más enérgica, más entera, más entregada, más resuelta. La voz debería resonar y mantenerte mientras el corazón se disgrega en pequeños hologramas indivisibles. Tienes que explicar cómo te sientes, lo que te está pasando, y eres tú, no es nadie más, quien debe llegar y emparejarse con el destino. Ya no sabes lo que está bien, ni lo que está mal, te estás permitiendo un exceso de tolerancia hacia tus propios fallos y renuncias. 

En el fondo te estás dando cuenta de que tienes miedo. Coges el pulsioxímetro con el que medías la frecuencia cardíaca a tu hermano y te lo pones tú. Quieres saber por qué late tu corazón. 

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