miércoles, 4 de septiembre de 2013

Sitios


Me levanto, mis manos en la cintura, intentando ajustar las costillas en la caja torácica y estirar el cuello (es un movimiento innato que ejecutas automáticamente en el hospital). Mi rango de vista es una circunferencia interrumpida a la que le falta una sección. No tendría sentido darme la vuelta porque ahí no hay nada, tan solo la pared de la pared donde si siquiera soy consciente de que se arrumba otra habitación con otra familia, otro drama, otro dolor.

Tienes la mirada entrenada para saber lo que falta, lo que está en otro lugar, lo que puede mejorar; todo es cuestión de sitio, de cerrarse y abrirse, de quitar y poner: toallitas húmedas, vasos, botellitas de agua vacía, blisters de medicación, etc. Yo no sé dónde poner mis cosas, porque las necesito a mano, pero parece que todo está incómodo si le quito el hueco a las cosas que lo necesitan, que estarán aquí durante semanas rezumando este aire metálico e intransitable. Tengo miedo de que mi móvil se caiga cuando mi hermano coja el suyo y mueva la mesita inestable, de que alguien se siente en mi bolsa, de que el armario se agite por dentro y despegue del suelo, haga un boquete en el techo y emigre al espacio en una bola de fuego.

Mientras tanto no sé qué hacer con las zapatillas de mi hermano porque no se las pone. Siempre que miro en esa dirección ahí están las zapatillas. Mi prima vino ayer y creía que podía arreglarlo todo. No conoce el ritmo diario, ni que los objetos se han ganado su sitio y lo defienden desafiadamente. Todo se ve muy fácil desde fuera, pero cuando vives en este espacio recuperado de un campo de batalla (la enfermedad) o te adaptas al medio o no perteneces a él. Todas las pretensiones que ella tenía de cambiar las cosas le devolvían un saldo negativo. "¿Te pones las zapatillas?". "No". "¿Te pongo la botella más cerca." "No". "¿No querrías cambiarte de calcetines, andas con ellos por el suelo?". "No, que está bien". "¿Quieres que te ayude a enderezarte?". "No, no ... deja". Mi prima se pregunta cómo se puede vivir así, con la cabeza fuera de la almohada, el cuerpo a través del colchón en posición fetal desdoblada, la mitad de las piernas salidas de la cama; yo también, pero eso es normal. Ella se va apesadumbrada, ni siquiera su visita la reconforta ahora. Yo me voy para oler aire vivo y traérselo a mi hermano mañana en un frasco de bocas frescas y flores magnetizadas de septiembre.

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