
Te escribo a ti que te encargas de saldar cuentas con el tiempo para amansar las brechas y llagas del dolor ajeno. Esas cartografías crueles que ahora te asolan y te sitúan en el más solitario de los desvelos. ¿Quién te consuela, si consuelo es la palabra?
Te recuerdo que el dolor es aún temprano, aunque dure para siempre. Que es la forma más simplista de aniquilación. Que es una invasión del cuerpo, el ánimo, y el (des)conocimiento. Que es un para qué y un cuándo más que un por qué.
Tanto se escribe y siente por el dolor y al final lo que se echa de menos es la caricia suave y térmica de las únicas manos que sostenían tu cara durante brevísimos instantes que ahora duran una vida. Las manos ajadas de la vejez materna, que entonan un adiós y un encantada de verte. El amor sin igual en sus ojos aguados de agradecimiento y rebeldía cuando apareces. Tus mechones de pelo en sus dedos cuando te arrodillas para otorgarle de nuevo tu niñez.
A una madre que se fue. A una caricia que se sigue buscando en el viento.
Por la ventana de tu consulta la conocerás. En el silencio escucharás el hilo de su voz. En tu conciencia se amalgama su sonrisa. En tu ropa persiste su olor. La belleza que existe, que existió una vez para tu fortuna, que vale para siempre.
Para un dolor que no sudan las lágrimas. Para un dolor que trasmite el aire. Para ti, a quien todavía quiere tu madre. Una madre bendita, que nos arropa con su mirada lejana, ay, pero tan profunda y serena como su descanso. Permítele el beso y la sonrisa. Mi niña, sigue sonando en ti ...
Y mis besos, por ti
María Luisa

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