jueves, 29 de abril de 2010

Situarse


En el punto de salida, el espacio de entrada, el reconocimiento textual, el momento presente que marca el reloj digital. La necesidad de tensar la costumbre para que recorra las rutinas y las perfeccione. El paso de los minutos es lento, preciso y pesado. Esperas el ritmo perfecto de recogida de aparejos a la hora de salir. Pero el reloj no te adelanta ninguna alegría, es inexpugnable e implacable. Se regula a sí mismo.

El género neutro se recompone ante el tamborileo y la petrificación. Un batir de pestañas y los minutos se suceden, pero todavía faltan muchos, o lo que parecen muchos para ser contados con impaciencia.

A veces te falta el tiempo y te gustaría aminorar la marcha. En este momento no necesitaría que vaya más deprisa sino acomodarme a su ritmo. Existe un cierto umbral donde podría resignarme o por lo menos tranquilizarme. Sabría que a partir de ese momento no iba a contar los minutos sino ojear tranquilamente el reloj a sabiendas de que ya no avanzaría de uno en uno sino más rápidamente por su misma inercia.

Pero no termino de encadenarme a ninguna frase larga, a ningún párrafo que una vez enganchado reinvente el concepto de la espera.

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