viernes, 14 de mayo de 2010

Normalidad permitida


Los primeros pensamientos de la mañana se traducen con celeridad en mi mente y mi intelecto. Sin embargo cuando llega el momento de llegar al papel/soporte digital la latencia es mayor. Parece que tanto la escritura como la transcripción se resisten al registro, incluso a la captura y la calificación, el rescate.

Ayer recurrí a la libreta de nuevo tras unas semanas de silencio de papel. Fue una necesidad, ahora que he desistido temporalmente de encontrar pequeños dispositivos digitales para escribir en movimiento. Ahora que tengo la bici y la utilizo para pequeños trayectos ya no voy tanto en metro, y mi cuerpo evidencia esa sensación corporal de ligereza y de no formar parte del ambiente estático.

En realidad quería escribir otra vez sobre esta sensación de no estar estando, de formar parte de otro espacio, que es lo que me pasa cuando tengo un proyecto en mente, y que es necesariamente la única manera que tengo de estar en el mundo, y soportarlo.

Lo que pasa es que esa sensación de libertad y de ocupar el espacio vital aberrantemente desaparece de mi memoria sin dejar rastro, y se convierte en un convencimiento de inútil vacío, de desmerecer, de no tener posibilidades o poder actualizarme. Es cruel, es vil, es humillante. Pero es real, y cuanto antes me dé cuenta mejor podrían emprenderse nuevos viajes, recorridos mentales, la vuelta a la normalidad, que no es más que alejarse del estupor, de sentirse desplazada, apátrida, de sufrir un sopor constante y la falta de motivación.

Soy capaz de obsesionarme con la instalación de la tuerca goteante del radiador de la calefacción durante semanas hasta que consigo solucionar el entuerto, porque tengo y necesito desplegar mi vitalidad, mi instinto constructivo. Pero no consigo canalizarlo mediante el impulso creativo de la misma manera que solía hacer en el pasado. ¿Por qué? Es la pregunta que continúo haciéndome. Sé que es debido a las frustraciones, traumas, colisiones que he experimentado, debido a la parálisis de un cerebro limitado por su propia química y vaivenes de frenesíes sangrantes. Podría hacerlo, siempre y cuando pueda acercarme lo suficiente a una cierta normalidad permitida.

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