viernes, 21 de mayo de 2010

Travesías


He estado fastidiada últimamente porque no escribía. Y no escribía porque estaba fastidiada. Siempre que dejas de escribir durante más de 24 horas es como si te faltara algo: la falta de fe, por supuesto. De que vuelvas a escribir. Cognitivamente hablando claro.

Esta noche he hecho parapente, quiero decir que la noche ha sido un puente con el día siguiente: no he dormido. Bueno, sólo media hora donde noté cómo me hundía, me hundía, me hundía en un brillo marrón que me engullía .... En parte porque pensaba que me iba a venir bien: la ausencia del sueño nocturno, así a granel, te quita la distimia y le dice a la depresión que vuelva a la mañana siguiente. Pero no me ha resultado fácil, y no he tomado café para facilitar la travesía nocturna, simplemente porque con tanta taquicardia y tanto notrópico estoy harta de sentirme malabarista sobre un alambre, con un pecho a rebosar de ansia, de aire, de ondas supersónicas, de frecuencias sucias y distorsionadas. Te mueves, haces, corres, pero te sigues sintiendo mortalmente cansada. Ese sucio cansancio que nunca desaparece del todo. Sigue ahí, como el black dog de Churchill, no consigues darle esquinazo.

A veces me doy cuenta del cachondeo que supone esto de sentirte mal. Cómo el cerebro se regodea en historias de terror. Intento ignorarlas, pero no es posible si no tienes algo decente que hacer. Y yo últimamente no consigo dejar de rebajarme ante la indecencia. La indecencia de la apatía, del odio y el resquemor, del miedo al vacío, del miedo a pisar en falso. Miedo de recién nacida, el calambre de no hacer pie, el repelús, el escalofrío.

La verdad es que pillar la bici ha sido maravilloso. MARAVILLOSO. He seguido mi instinto y me he tirado a la piscina .... de asfalto. Ese asfalto que te tritura los ojos con sus capas de frecuencias caloríficas diurnas. Ese asfalto que te hace sudar, endiosada, con miedo pero con osadía por ese sudor orgánico que te quitas de encima con una preciosa ducha. Que cuando te lavas la cara te cepillas el barro del aire, la luz, el calor, la grasa del pavimento marcial sembrado por las llantas de los coches. Es una gran sensación sentir los músculos en los muslos, ver cómo mis muñecas alfeñiques se retuercen de dolor al subir la bici en andas, ver cómo mis rodillas se fortalecen con esos ligamentos otrora condenados al ostracismo. No pain, no gain.

Todo me supone sobresaltarme al miedo, retrotraerme a la vida, la juventud enmarañada entre mis patas de gallo incipientes, esas que no quieren salir tampoco, por miedo, miedo a la vejez o a no vivir lo suficiente antes de decaer. Esa juventud que presenta mi cara y mi cuerpo al exterior, ese retrato de Dorian Gray internalizado que nadie ve a menos que restriegue mis ojos tristes en el aire, en el silencio.

Pero detrás tengo la risa, los dientes brillantes y blancos, los músculos que son potencialmente puro nervio. Ese pura sangre que ha estado desbocado durante mucho tiempo y que ahora tiene una pata rota, pero que por desidia la vida no se ha decidido a pegarle un tiro para ahorrarle su miseria. Ese fénix, ese potro recién nacido que se levanta en su largueza para sorpresa del mundo, arrancándose a trepidar, a (re) volver.

Incipientes travesías.

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