
Es un metro de visibilidad entre la ladera de mi sofá y el equipo de montaje de vídeo. Entre medias una larga travesía por el desierto y un lanzamiento mundial globalizado de grandes fobias, fanfarrias sin rectificación, como una campaña de márketing liofilizado en polvo de diamante y sus inhibiciones servidas al plato.
O no puedo hacerlo. Tiene sus sistemática, una explicación breve tras un análisis exhaustivo; el ambiente en busca de pistas reseñables.
Transito parajes y páramos de gran calaje y precipitaciones pluviales que empapan el senderismo entre juntas y anegadas marismas.
Me resarzo en viñedos fantásticos, me convierto en las alas de las sandalias plumadas de Hermes, y escenifico la gran salida del fénix que anima en mí de su horno crematorio.

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