Las palabras no ventriculares se solidifican en acero fundido sin vertirse en un molde. Durante semanas sin escribir te sitúas en los márgenes de ti misma, en la paulatina sumisión a las conversaciones interiores, apenas musitadas; a la música que hace de arancel embrionario en las comisuras septentrionales.
Las viscosas intimidades y su sempiterna aspiración a la perífrasis resuenan en una batalla librada en astuta connivencia con la belleza, la sabiduría intuitiva, legible, inmensa, reencontrada en los estuarios fluviales y recovecos circunyacentes. Es un paraíso verdadero, cuadrado pero no cuadriculado, invertido en la niebla en su imagen gemela y borrascosa.


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