Tras un mundo de inflexiones que se entrometen en paralelo entremezclo los bordes de los sobres que contenían mis peticiones de auxilio. La luz reflectante que intenta invadir las sombras reanuda una sinfonía de murmullos y equívocos.
Me encuentro ambages en el costado izquierdo, una molestia ligera que no termina de disiparse. Intento conquistar el silencio pero lo puebla un murmullo sonoro egoísta e inalterable. Preferiría jugar a lo errático, pero me encuentro con la contumaz evidencia del desespero, de la voluntad férrea de quien ejerce la fuerza y tiene el poder. Me planteo estrategias para desviar la atención, pero en estos momentos no puedo, es como si este murmullo me mantuviera crispada, enfadada, incapaz de encontrar el punto de equilibrio, de tranquilidad entre la marejada.
Tengo la posibilidad de la lluvia, de fijarme en ella, de ser ella, de divisarme en ella. Quiero tener el interruptor a mano y condenar la salida del murmullo. Ha cesado por unos instantes, debo aprovechar este momento para congregar mi afán de silencio, de calma. Todos los tiempos muertos pueden aprovecharse, deben aprovecharse, hay que encontrar el compás del silencio entre la dictadura del murmullo y su atropello.
¿Cuál es el punto, la toma de tierra que te sirve para anclarte al territorio, a la superficie que pisas? No puedes retroceder, el avanzar es todo para ti. El top-top de la lluvia tiene sentido, el murmullo no. El murmullo no te dice nada, no te aporta nada, sólo ahuyenta tu sensibilidad, hiere tu instinto, masculla tu orgullo.
Ahora la lluvia se atropella por descender a la tierra y le gana el terreno al murmullo.


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