Hay cambios. Son sensaciones que surcan el alma y que se perciben por el cuerpo como cascabeles rezagados. Durante unos instantes ebrios la garganta se vuelve el centro neurálgico de la aliteración, y mi espesor emocional se refleja en tirones dentro de la mucosa de la laringe que me empujan a tomar asiento y crean imágenes tan frescas como la madrugada.
La penumbra me invita a sopesar mi fotofobia, mis reservas que son las que más me deslumbran. El silencio detrás mío, sujetando la cortina de la ventana se multiplica por mil, mientras mi oído se aguza y mis desvelos se fraguan.
Los sonidos que se esconden tras los ecos rasgados de los objetos en movimiento, encima de las ráfagas trasanlánticas del aire, recorren mundos imaginarios en mi nostalgia de días transcurridos en esta misma habitación. Todo parece cobrar cierto sentido innato y misterioso, como un juego de mesa aéreo entre el conejo de Alicia y el Sombrerero.
Yo me debato entre el saborerar de este espeso momento y dejarme llevar por su incierta sabiduría. Me doy la vuelta para no perder las vistas anaranjadas por las farolas nocturnas, e intento racionalizar las aventuras de mi retina. Quiero hacer cristalizar este momento para tenerlo siempre guardado y analizarlo después; pero sé que es una ardua tarea, porque es como el rango cromático de un copo de nieve observado en un caleidoscopio, que reniega de ti y se licúa en cuanto intentas atraparlo con la memoria.
Hay momentos que no mantienen la proporción correcta de luces y sombras, que no permiten que la vista calcule sus equidistancias, y su imagen espejo tiembla igual que un trozo agitado de latón plano, haciendo ondas como de despedida.
Hay algo que falta esta noche, ha sido atrapado en tierra de nadie por mis dudas. Ante la realidad que observo faltan los tonos de salvia, los silbidos de la tierra recién mojada, la ilusión de seguir maravillándose.
No es el cansancio, no es el transitar de mi mente, ni el reverso de mis intenciones. Es algo más, o algo menos. Es la continuación del día de hoy, o el colofón circundante de estas últimas horas. Unas horas que están náufragas, errantes, sin que el sueño las ase a un día perfecto. Un gran interrogante para la mañana siguiente.
No puedo parar ahora, porque no me sería posible reinventarme. Y sin embargo he de hacerlo. A veces la promesa se enciende en la madrugada fresca, antes de deshacerte de tu último sueño, cuando el día comienza a despertar, como si se te hubiera olvidado todo y hubiera posibilidad de hacerlo todo de nuevo, y probar si hay suerte.
La penumbra me invita a sopesar mi fotofobia, mis reservas que son las que más me deslumbran. El silencio detrás mío, sujetando la cortina de la ventana se multiplica por mil, mientras mi oído se aguza y mis desvelos se fraguan.
Los sonidos que se esconden tras los ecos rasgados de los objetos en movimiento, encima de las ráfagas trasanlánticas del aire, recorren mundos imaginarios en mi nostalgia de días transcurridos en esta misma habitación. Todo parece cobrar cierto sentido innato y misterioso, como un juego de mesa aéreo entre el conejo de Alicia y el Sombrerero.
Yo me debato entre el saborerar de este espeso momento y dejarme llevar por su incierta sabiduría. Me doy la vuelta para no perder las vistas anaranjadas por las farolas nocturnas, e intento racionalizar las aventuras de mi retina. Quiero hacer cristalizar este momento para tenerlo siempre guardado y analizarlo después; pero sé que es una ardua tarea, porque es como el rango cromático de un copo de nieve observado en un caleidoscopio, que reniega de ti y se licúa en cuanto intentas atraparlo con la memoria.
Hay momentos que no mantienen la proporción correcta de luces y sombras, que no permiten que la vista calcule sus equidistancias, y su imagen espejo tiembla igual que un trozo agitado de latón plano, haciendo ondas como de despedida.
Hay algo que falta esta noche, ha sido atrapado en tierra de nadie por mis dudas. Ante la realidad que observo faltan los tonos de salvia, los silbidos de la tierra recién mojada, la ilusión de seguir maravillándose.
No es el cansancio, no es el transitar de mi mente, ni el reverso de mis intenciones. Es algo más, o algo menos. Es la continuación del día de hoy, o el colofón circundante de estas últimas horas. Unas horas que están náufragas, errantes, sin que el sueño las ase a un día perfecto. Un gran interrogante para la mañana siguiente.
No puedo parar ahora, porque no me sería posible reinventarme. Y sin embargo he de hacerlo. A veces la promesa se enciende en la madrugada fresca, antes de deshacerte de tu último sueño, cuando el día comienza a despertar, como si se te hubiera olvidado todo y hubiera posibilidad de hacerlo todo de nuevo, y probar si hay suerte.


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