Enfrente, pero igual de lejos que siempre. Encontrándote espesuras afines al perfil de tu sombra. Intensificando albores revividos, incendios solapados.
Internar los sables, acariciar las precauciones, delimitar la dulce locura, amordazar el éxtasis empantanado.
Las palabras se enrocan solas porque van dando tumbos y no las encuentro. Los intentos de resistirse son en vano. El saber qué hacer o no hacer no es la cuestión. Es que vas más allá de la cuestión. La marejadilla te extravía y tú te sigues haciendo la fuerte en medio del crucifijo acuático de las horas bajas.
Y finalmente asumes el don nocturno que te desvela, que te impregna. Acuciante, esmerado, caótico y renuente. Y sí, tal vez descubras antes las palabras olvidadas que las perdidas. Así es la vida, y en realidad así debe de ser la muerte. La extinción de las palabras y las sílabas difusamente, como un desvelo.
Y en torno al fuego también se dibujan sombras chinescas; tanto alacranes como monos de cola y patas acaracoladas. Qué incierto fue el pasado ahora que te retornas. Sin saber cómo ni por qué. Sin embargo sorber el pasado como un helado de vainilla te hace verte a ti misma en el ahora de forma consistente, como un ruido sordo pero lleno de color.
En cuanto a ti, yo te veo en do menor, como una diosa menor, como un vaivén sin trayecto. Porque no me doy cuenta de que tú también te acuerdas de mí como de aquella niña que fui y que todavía tengo.


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