Las páginas se oscurecen con el paso del tiempo sin que el libro se haya leído, sin que se hayan expuesto al deseo del ardiente sol que palidece detrás de la ventana.
El libro destila el residuo de su propia humareda orgánica, una especie de residuo de pez ámbar que se perfila en la superficie de las hojas envejecidas.
Aquellos libros de pobre procedencia se vuelven antes de un marrón café tostado. Como si su origen humilde les lanzara con mayor ímpetu y fuerza hacia el potencial completo de su sabiduría.
La salvia viva del libro, la entereza de su argumento finalmente madura y rezuma en la pulpa de celulosa y recrea la ilusión sin refinar.


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