Ella vuela y se desangra con su propio resplandor, porque busca sangrar, busca un boquete por el que rebelarse a su materialidad, su mortalidad, su necesaria limitación de horas, sus imposibles exigencias insatisfechas. Y deja brotar la sangre oscura, la sangre azul empapada en oxígeno como una tinta emergente, su dolor entero por las cuchillas del viento.
Busca explosionar, sentir el polvo de dinamita escocer sus abrasadas heridas, hendir más profundas sus imprecisiones en la carne, descarnar su frescura para castigarla por no ser un manjar de olor que extasíe.
Pero como Fénix nunca disfrutará del vergel del arte, porque lo hará cenizas como a un burdo objeto de consumo, no podrá llenar su ansia tras la herida inoculadora del deseo dependiente, de la droga que siempre exige más, que engancha y desviste también la encarnadura, que de nuevo desangra, desangra sin poder disfrutarla.
El arte es la vida, la vida es el arte. No hay que buscarla más. Es todo. La vida es una enfermedad mental que te hechiza mientras respiras, antes de abandonarte brutalmente sin ningún motivo tras provocarte la decadencia más insostenible.
La vida es la verdadera Ave Fénix, la que te catapulta hacia tu final, la que ignora tus alaridos para aferrarte a lo imposible. La que se precipita al vacío y te destruye, te desintegra por la velocidad de su movimiento en picado.
Pero tú no eres ella, tú eres tu propia Excálibur, tu escondite de oro, tu primavera de abriles desbocados; tú eres Immortal Beloved, tú eres única en tu fragancia, no necesitas pedir permiso, ni volverte zombie tras el mordisco podrido de la muerte en vida.
Adelante, vuela, vuela. Tus zapatillas de Mercurio te asisten al planear. Utiliza tu vista de águila para encontrar tu sitio, y materializa las cartografías del terreno en tu alma. Tu vida vale un armamento entero de abriles inacabables.


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