domingo, 25 de marzo de 2012

Domingo, madrugada



Parece que en estas últimas horas estoy consiguiendo algo de paz. Es una paz bajo cuerda porque la tormenta no termina de amainar. De vez en cuando, muy a menudo, me quedo con la mirada perdida, o me acuerdo de algo sin que haya saltado ningún resorte, o siento un calambre en la memoria y me vienen imágenes, conversaciones, pensamientos de decepción ante lo que pudo haber sido, sobre lo que fue.

Y esto me pasa sin que recuerde que me haya sucedido antes, aunque seguro que sí me pasó pero no logro evocarlo con esta intensidad. Es como en mi subconsciente se aloja una cordillera gigante que alberga sensaciones, palabras, recuerdos, imágenes de las que no soy consciente, y las echa al vuelo para que pasen el umbral de lo consciente sin que yo tenga ninguna constancia de haberlo provocado.

Me estoy dando cuenta de que lo que necesito es relajar este ceño permanentemente fruncido, desempañar la caja torácica y soltar la bola de fuego, hacer otras cosas, ocuparme. Pero aunque lo intente, en el momento en que mi mente tiene una décima de segundo para perder de vista la tarea o pensamiento que me ocupa, aparecen estas evocaciones de lo que ha sido mi amor fallido, todos estos meses de estos años juntas, compartiendo cosas, hablando sin cesar, pensando en ella, organizando mi día y entendiéndolo en una estructura que se acomodaba a la suya: cuándo tiene libre para hablarme, cuándo habrá hecho esto y aquello y por lo tanto me lo contaría, cuántas horas habrían pasado desde que la vi por última vez y por tanto qué preguntas hacer, qué sorpresas tendría, qué nueva información para añadir a mi registro de cómo se encontraba ella podía recoger.

Porque si hay algo cierto es que yo pensaba en ella constantemente. Me he pasado tres sólidos años pensando en ella, hablando por teléfono, viéndola, preocupándome por su salud, por su estrés, por sus decepciones, por sus alegrías. Y ahora sigo con esta tendencia pero todo es un futuro truncado, una pregunta sin respuesta que me intento contestar: ¿Cómo estará? ¿Quién la cuidará? ¿Quién estará con ella e ignorará sus puntos vulnerables, sus necesidades más profundas, su ambigua personalidad, sus momentos de debilidad y tristeza, las bromas que sólo nosotras entenderíamos porque formaban parte de nuestro contexto y que ahora seguro que no encuentran lugar ni esas risas que sabíamos se decantarían de inmediato al recordar de nuevo las cosas que a nosotras nos parecían graciosas, esa complicidad que, quieras o no, no se repite exactamente de la misma manera?

Y yo sé que ella no escribe sobre mí, ni habla sobre mí, e intenta no pensar en mí, y o se habrá deshecho de mis fotos o las habrá escondido. Y sé que las rupturas son así, tal vez, pero yo no he roto por desamor sino porque yo casi ya no existía, y esa tercera persona, la relación, había invadido todo y estaba al mando sin que yo pudiera participar, sintiéndome siempre inadaptada, no bienvenida, hablando a deshora, diciendo cosas que me iban a reprochar, que no me iban a entender, que tendría que dejar sin terminar porque no habría tiempo o cualquier otra cosa tendría más importancia en ese momento, en todos esos momentos, porque casi no había una rendija para mí, y yo me sentía completamente aprisionada y finalmente inexistente y sin poder de decisión alguno.

Esto es muy triste, lo sé, pero supongo que la mayoría de lo que pasaba era culpa mía. O debería volver a componer esta frase. Siempre sentía que la mayoría de las cosas malas que nos pasaban eran al fin y al cabo culpa mía. Por ser tan poco proclive a comportarme como la mayoría de los mortales enamorados harían en una relación, sin llegar nunca al mínimo exigido, sin que mi modelo pudiera encajar, siempre sintiendo que mis esfuerzos iban a la papelera porque eran incomprendidos o simplemente prescindibles. Y yo sentía un cansancio mortal, un peso sobre los hombros tremendo, una sensación de asfixia insuperable. Y me convertía en esa persona que en vez de vivir la relación vagaba sin rumbo por ella.

Así que no voy a volver a decirme por millonésima vez que todo era por mi culpa, ni siquiera el ser incompatible con una persona maravillosa cuya risa me hacía soñar. Mejor decir que yo por ser yo that was the problem.

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