miércoles, 11 de abril de 2012

Presenciando el sueño de verano



Todos los sueños se encumbran en un doble sentido que requiere prestar tu atención a las hojas en blanco de tu vida. Son pérdidas y tesoros reverberados que traslucen el significado de la valía y sus misterios más profundos. Recogen aquellas salidas de tono del mediocre día a día, y los oros escondidos en los recovecos terrestres.


Su radio de acción es insospechado, la niebla misma admira su arrojo y fuerza contenida. Serían más frugales sus intenciones si no se empeñaran en pasar desapercibidas. Ellas son tales que no resisten la mirada estudiosa del paso del tiempo, y brillan entre restañadas y extasiadas. 


En bandejas de estrellas escojo mis enojos, que perdidos se encuentran, y raudos se congregan. Me niego a verlos desaparecer sin un último destello de fulgor invernal. Escojo mis momentos de reflexión con ardua y fastidiosa minuciosidad, milímetro a milímetro. Escancio mis deseos y me deshago de mis debilidades, que son trituradas. 


Los ánimos versan en idiomas inexplorados por las narraciones. Entretanto las pasiones vitales saltan de poeta en poeta para coronar a quienes gimen placeres extasiantes con el terreno cubierto por un manto de rosas. Las plumas estilográficas ejecutan una poderosa coreografía de sombras. Es ámbito de reinas y Taifas que apenas apuran el combustible de la noche y ya se rinden inquietas ante tan grave concierto de romanticismo perdido. 


Refuerza los lados infranqueables de la simiente, germen de la verdad, si pretendes amoldar con su fuego el futuro y el pasado. Aborda la coronada efigie con su burda palabrería y rechinar. Todo esto simplemente fortalece el calor híbrido que todavía bombea por tus venas esta noche de julio, este julio caliente y sensual. 


El sueño, ese temor nocturno desangelado que me desequilibra, me tiene prisionera en una interminable vigilia. Recuerdo sus tintas y sonidos cuajados de placer impropio. Es simple y sencillo: una humilde pasión de necedad invariable. Lo rápido se hace permanente, y el mínimo posible es realmente insuficiente para disfrutar de la vida, de esta vida en vilo. Me arde la frente, el vientre, las sienes, e intento refrescarme el cuerpo. Sujeto cubitos de hielo contra mi cuello hasta derretirse  mientras me aflojo la camisa. La ventana susurra ligeras corrientes de aire que me alivian. Así propongo quedarme. Esperando. Gozando del momento, tan solo del momento. ¿Qué hay si no?


Tengo que rendirme ante la majestuosidad de la noche si quiero vertirle el antídoto para que aparte la obscena mediocridad de los días repetitivos sin inspiración, para que respire al fin. Fuerza esta noche para que anhele los alvéolos sexuales del verso recorriendo ruborizada cada una de estas páginas. Sin apenas tiempo de masturbarse hasta el orgasmo en esta carrera contrarreloj. Roza la noche con las yemas frescas y suaves de tus dedos. 


Estas noches ardientes acumulan miles de cuentas pendientes con la eternidad. Aquélla que habla en símbolos desde su oráculo, y que renueva sus votos de honestidad con el pasar de cada cuarto creciente de la luna. Allá lejos, donde dormita el coloso piadoso que salva vidas humanas a cambio de relojes de arena. El cónclave urbano de rabia contenida y los verdugos de los minutos caídos apenas retornan al mundo interior de los sentidos. En la calle la oscuridad hace una reverencia a los seres complejos que sobreviven en esta inmensa farsa de pies y manos y sombras chinescas animadas en la oquedad de los teatrillos vespertinos. 


Hay tonos de hielo en esta noche cerrada que no redime sus anacronismos. El frío es tan agudo que silba afiladamente por los cajones sastre en perfidia sublime, para acorralarnos en el vacío.


Revela las semillas y la hojarasca de cáscaras fértiles hasta nuevo aviso (yo te avisaré si quieres). Nadie quiere llorar, queremos reír, aunque sea participar del tremendo circo urbano de sabios de aceras mojadas y promesas con bocas pequeñas. En esto estamos y en ellos nos convertiremos. Si no es pronto será más tarde cuando nos quede un último vestigio de dignidad. Para retomar los grandes sueños colectivos que perdimos al argumentar y acometer, como si de una acción escénica y desnuda se tratara. 


Andamos seguras de que nadie pueda reconocer ni un simple vestigio de nuestra vidas secretas en esta revolución sin sentido. Llevamos como escudo nuestros anhelos y nuestro ideal especular con la moral destripada mientras nos rodeamos de sinfonías envueltas en trágicos cantos de cisne. Realmente un espectáculo digno de encerrarse en una cajita de cristal donde se agita la nieve, para reflexionar sobre las ondulaciones de su movimiento y sus cáscaras de espuma. 


Agonías nocturnas con los ojos semi cerrados en ciernes, escasez de horas de sueño, que no pueden limpiar tu espíritu trasnochado.


Esta indiferencia se entiende que es implícita. Es parecida a un estado febril, una acumulación embrutecida. Se nutre de un hastío irreverente, y aspira a desvanecerse no sin antes haberse impuesto una tarea, ahogando sus destartalados segundos de ocio. Me impongo un régimen estricto para prosperar y cimentar mi recuperación. 


Dopamina: nivel cero.


Ganas de llorar: sentimiento en flor, ligeramente invalidado.


Brillo exterior: deslucido (con posibilidades de cambio, variable).


¿Qué puedo hacer ahora en este preciso momento para sentirme mejor? Planear quimeras iluminadas para luego.


Este día tiene un tono plomizo que engaña. No es amenazador, es de no pasar nada. La vida de las ideas te despierta a cada instante con un estallido de satisfacción. Arrebátaselo.

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