miércoles, 20 de junio de 2012

Anfibia



Debería estar contenta, porque hago algo que podría funcionar y ser motivo de grandes alegrías y oportunidades, pero están creándose turbulencias en mis alvéolos pulmonares, que finalmente expanden su onda hasta el corazón, y yo no me estoy dando cuenta en absoluto. 


Y el detonante es una tontería, una pequeña frustración, que dentro del conjunto del día debería descartarse, pero se prende a mi piel con saña y me inocula su veneno. 


Me sorprende ver que de repente me duele enormemente, como una flecha certera y astuta, bien dirigida hacia el centro del pecho: el contagio está ya bien extendido. El dolor me dobla y se desborda. Me vuelve a sorprender la virulencia del desbordamiento. Me agita y me desgasta; me angustia en el zarandeo conmigo. Me hace ocupar un tiempo que tenía destinado a otras cosas. Me hace perderlo, me pierdo. 


Me observo y me decepciono una vez más. Estas cosas siguen pasando y no veo claro si voy a poder controlarlas. Me decepciono terriblemente, y me vuelvo a disgustar sólo por eso: por decepcionarme. 


Mi voz interna está ronca por el esfuerzo del disgusto, y siento gomas elásticas anudándose y mezclándose dentro de mi tórax, levantando una estructura angular que lo convierte en un juego de laberintos. Ahora me tira de aquí, y no puedo respirar, y luego me suelta por allá con velocidad, y podría caerme al suelo y sentir cómo se instaura el disgusto hibridando mis genes violentamente.


Herida, débil y a punto de quebrarme como una rama seca, busco una salida de emergencia; algo debería de hacerse, me digo, como en un eco de un discurso reconocible. 


Aunque estoy empapada, anegada, en medio de la tempestad creo un claro minúsculo con los músculos de los brazos y mi fuerza de voluntad que se ha virilizado y se extiende por los nervios como una madreselva; y me intento animar, salir de esta, ahora que puedo, ahora que debo antes de que la irrigación deje secuelas.


Y establezco estrategias lógicas que me ayuden a animarme, a pesar de que estoy tan afectada que siento que apenas podría dar cuatro pasos en una hora, y a aún así tener la impresión de que me he movido todo lo que podido para intentar escapar. 


Y al final todo se mezcla, y tal vez la decepción de mí misma no es tal, ni la pequeña frustración es tan descomunal, ni mi mente está enferma y no puedo dominarla, sino que esto es cómo rezuma todo lo que me está pasando, cómo no lo puedo comunicar, y la única forma que tiene de salir. 


Y aquí estaba, ahogándome en un vaso de agua, aunque la calmachicha deja entrever los restos de un ser, un algo, que no era tan benigno.  


¿A quién se lo puedes explicar? Pero como soy un poco anfibia, estoy intentando salir de la charca, y, tal vez, volar. Pero la charca está salada.

2 Comments:

nieves said...

Yo también me enfado mucho de que mis emociones dependan de cosas ajenas a mi voluntad...
Saludos
Nieves

Ssplash said...

Me dejas más tranquila :-)


Besoss