Incendiada por las esquinas, encontrándome con las paredes, entretenida con lo desasosegado, lo único, lo indefinible.
Repaso centinelas del pasado, y busco los componentes del dolor sobre los escalones. Rastreo los lugares, los sonidos, los vértigos infranqueables. Tengo que soltar anclas, y el destino es nonato. Veo cómo se invisibilizan los trozos de las cosas, los retales de la conciencia, las entregas sin destinatario fiel.
Y decido separar lo que se había prendido a mi vida, y recibirlo en el pasado. He roto cartas, fotos, regalos. Había cosas que se rompían en añicos al estrellarlas, otras que se hundían, algunas se doblegaban. Tuve que hacerlo para no volver a pensar que las había perdido; tuve que deshacerme de ellas para olvidarlas, y prepararme a que tal vez en un futuro cercano vuelvan a mi vida en otro formato nuevo y fresco.
Lloraba por haber perdido, por dejar de tener lo que ella me había dado; pero seguía en mi casa, en mi mente. Ahora todo ha sido retirado. Los chicos de naranja fosforito lo han arrojado al camión sin saber lo que contenían esas bolsas repletas, vivas, encendidas de amor perdido y deseo irreconciliable.
Ella sigue en mi vida, pero para un nuevo pasado. Vamos a empezar todo desde el principio: pero desde aquí, desde ahora. Sin reproches, ni lugares comunes, ni sentimientos de culpabilidad por lo que hice o dejamos de hacer. Y eso tiene su precio, y su dolor. Ella no quiere volver atrás. Dice que ni siquiera el entonces tenía sentido.
Pero la prensadora del camión de la basura no han llegado a aplastar todo con sus muescas gigantes ajenas al vínculo, la adherencia, los recuerdos anidados, la identificación con las texturas. Ha habido algunos objetos que se han salvado desde el principio. Otros sobrevivieron a la segunda tanda de salvamento involuntario, cuando tuve que rehacer algunas bolsas porque rebosaban de objetos agonizantes querían volver, y finalmente decidí no deshacerme de aquellas pocas cosas que ni siquiera fríamente podía tirar a un destino incierto, en páramos alejados y adustos.
Y cuando finalmente bajé todo a la basura, y vacié la gran bolsa azul de Ikea que contenía las bolsas llenas hasta los topes, sorprendentemente encontré el pendiente de Ámsterdam, el que había estado buscando al arrepentirme tras volver a pensármelo cuando una nube de vaho caliente se levantó de la superficie del suelo, y me hizo respirar hondo, y recordar y sentir.
Junto con el anillo grabado con una frase de prometidas, el pendiente fue parte del amor que llevas cerca de tu piel, pulido por el calor de tu cuerpo, con el recuerdo vivo de esa sonrisa que te lanzaron cuando lo adquiriste. Lo buscamos corriendo entre las calles, porque las tiendas cerraban. No entiendo por qué, pero era difícil encontrarlo y que tuviera la talla adecuada. Sólo llevo uno, y lo hago desde los 23 años. Ella se había asignado la tarea de comprármelo al haber perdido el anterior. Y desde entonces cuando me lo he puesto por las mañanas siempre pienso en ella, es un recuerdo diario que perduraba sin amainar.
Lo había sacado todo de las cuatro bolsas, revisando minuciosamente los espacios entre los trozos, los añicos, pero no lo había encontrado. Y tras resignarme a que algunos objetos, algunos sueños iban a doler más que otros, porque eso tenía que pasar para dejar que el dolor se desprendiera de mi pecho; en el último instante, y a pesar de su ingravidez, apareció el pendiente de circonita en el fondo de la bolsa, entre los restos de tierra de las macetas que había acarreado y depositado en el suelo, porque siempre hay alguien que se lleva las macetas.
Algunas cosas no quieren perderse.


3 Comments:
Me encone el alma leer esto...y a la vez me reconforta tu exquisita sensibilidad.
Un beso
Nieves
Puede que el alma se infecte con el mismo dolor que segrega, y entre las llagas encuentre cura y sosiego. No lo sé ... Lo creo. Lo he vivido, pero era en mi propia salvia ...
Gracias, Nieves
Besoss
Veo cómo el anillo se pierde, se va
Post a Comment