Me levanto y hago un inventario rápido de la situación. El estar en casa de mi madre no ayuda. Estos lunes por la mañana necesito mi tranquilidad, el volver a mi rutina, aunque hace varias semanas que mi rutina está desastrada y la tengo que volver a conquistar.
Sé que ella no está bien, lo sé. Y también sé lo que está haciendo: ha dejado que su cabeza se desfase, que su cuerpo se desfase y me ha desatendido, se ha desatendido. Pensar en esto me vuelve a hacerme sentir enferma. Se me encoge el pecho y el estómago se me revuelve. Hay una parte de mí que reflexiona sobre si todo esto merece la pena. Sé que no soy la persona adecuada para vivir esta situación, para gestionarla, para sacarla adelante. De nuevo las horas pesan, y todavía no son una liberación, porque no estoy contando el tiempo que estoy resistiendo, saliendo adelante, sino el tiempo que ella está desaparecida, dejándome atrás.
Es muy extraño estar en esta situación y ver cómo el mundo es indiferente. El lunes se levanta temprano y prosigue su marcha, y yo estoy atascada y atrapada en este descorazonamiento. Supongo que soy como una rana enlodada en una pequeña charca medio seca rodeada por una enorme y frondosa selva tropical.
He vuelto a llamarla porque estoy preocupada. Tengo miedo de que su cabeza se descomponga por el exceso, el sexo sin amor, el desarreglo, la desubicación. A ella le gusta perderse en ello, y luego sufre inmensamente.


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