Echo muchísmo de menos a Septiembre, y me he dado cuenta de que no tengo ninguna foto suya. Las tengo en archivo, pero no quiero mirarlas, porque eso sería todavía más duro. Y las que tenía en mi pared, a mi alrededor y que me tocaban con su roce suave y cálido, ya no están. Y es muy extraño porque me hace sentirme más alejada, y ella no presente de un modo que no había sucedido hasta ahora. No tengo su voz, no sé lo que hace, no soy partícipe alguna de su actividad, y tampoco tengo esas fotos que me hacían sentirme cerca de su esencia, viendo cómo su mirada se conjugaba con la mía y me penetraba con un escalofrío de amor repetidamente.
Especialmente su mirada: intensa, completamente suya, ardiente, en esas fotos que se tomaron cuando yo no estaba allí y que evocaban mi deseo de haberla conocido entonces, y me hacían casi haber estado a su lado en ese momento. Incluso creaban la fantasía preciosa de que si yo la hubiera conocido en esas fechas nos hubiéramos fijado la una en la otra, y ahora nuestras vidas estarían ligadas como debían haberlo estado en ese momento. Esto me hacía sentir que habíamos estado juntas desde siempre: algo necesario, parte de nuestra historia.
Antes tenía la sensación de un amor revivido, un amor compartido, y ahora siento este vacío que parece empalizado en el que sólo conservo unos escasos objetos, su cariño y entrega al pensarlos, al dármelos. Y la evocación suya se dispersa y difumina por momentos. Es como sufrir un embargo del corazón, un saqueo de los sentimientos, el secuestro violento de tu compañera de viaje, de un futuro que hacía desaparecer el miedo al final de tus días porque todo tenía sentido en su compañía.
Y me he dado cuenta con un escalofrío de que este vacío, esta marea negra que arrastra lo veraz de mí avanza rápido, y yo contemplo este robo con impotencia y desesperación. Cuando habláis de ello y os decís que es lo mejor que emprendamos este camino para tal vez luego encontrarnos, no te das cuenta de que tu esperanza de que sea así es ingenua. Yo lo basaba en que nunca iba a dejar de quererla, pero ahora me doy cuenta de que eso casi no importa; de que nuestro amor, a pesar de mis sentimientos, puede extinguirse por no estar ahí. Esta conclusión es un hallazgo horroroso, y ya no es miedo lo que me entra: es pavor lo que me posee.
¿Y cómo podría resignarme con eso? No lo sé en absoluto, no tengo la menor idea, no quiero ni pensarlo. La claridad que tenía hace apenas unas horas se ha turbado, se ha empañado y desenfocado para alejarse. Me siento pequeña e inútil.
Ahora no sé qué pensar de nuestra vuelta a estar juntas; no sé en qué estado me va a encontrar si sucediera. Antes tenía la seguridad de que se iba a producir y que nos iba a pillar más enteras, más seguras, más convencidas, más vividas. Que sobre todo ella iba a experimentar hasta las últimas consecuencias este proceso en el que se ha embarcado, y que pronto lo haría mío también, sentiría un vacío en el que yo encajo a la perfección, quisiera continuarlo todo conmigo. Ahora no sé si ese momento me encontrará devastada, encogida en el suelo en posición fetal, temblando, con la retina acostumbrada a la oscuridad.
Y también me imagino que no se producirá porque ella se habrá endurecido, habrá encontrado su verdadero ser y se habrá dado cuenta de que el vincularse conmigo había sido uno de los mayores errores de su vida, o que había llegado a un punto muerto, o a una fecha de caducidad, a un punto final. Y yo estaré destrozada y ella resplandeciente con un proyecto de vida portentoso y luminoso, tal vez una nueva persona a su lado, y mi recuerdo será como un mueble viejo en el trastero. Desaparecerían todas mis fotos de su casa, relegadas a prácticos cajones. Pintaría las paredes, limpiaría los suelos hasta hacerlos respirar sin mí, caminaría segura de sí misma y feliz al darse cuenta además de que no me necesita, de que lo ha hecho muy bien, de que todas las decisiones que ha tomado son las correctas, de que no tiene que apurarse por mí porque el tiempo lo cura todo.
Y su deseo de prosperar, de olvidarme, o su naturalidad deshaciéndose de mi recuerdo, como suele pasar, será tal que ni siquiera se fijará de nuevo en mí. Tal vez incluso se atreva a llamarme con voz jovial o normalizada para preguntarme qué tal estoy, aunque sin sentirse culpable o deshaciéndose de esa culpa en cuestión de segundos. Y yo temo esa llamada porque sólo contribuirá a asestarme otro bandazo, otro hachazo, otro estúpido golpe a una estúpida persona.
Todo esto podría pasar, porque tal vez es lo que ella buscaba al comportarse tan ambiguamente conmigo, y el dolor que ha sufrido hasta ahora debido a mí, a nosotras, le parecerá un obstáculo, un estandarte de una vergüenza de la que no quiere ser víctima nunca más. Y si no recuerdo mal esto es exactamente lo que yo he llegado a hacer en algún momento con otras mujeres, así que puedo describirlo a la perfección. Yo también he inundado a otras personas con mi desamor, también he sido cruel, he estado aséptica con su dolor, he cruzado etapas, he seguido con mi vida sin volver atrás. Así que en el fondo no me sentiría del todo víctima suya, sino de la realidad, de la vaciedad de nuestros sentimientos, de la estupidez con la que nos regimos en nuestra vida, con la forma en que echamos a patadas a otras personas de nuestras vidas. No creo que yo me merezca mucho más de lo que he podido llegar a hacer.
Aunque en esta ocasión me había ilusionado porque pensaba que todo había cambiado, que me había dado cuenta finalmente de lo que significa amar para siempre a otra persona, de lo que es encontrar tus verdaderas emociones dentro de ti, aunque las hayas llegado a tener armarizadas completamente y ni tú ni ella habíais llegado hasta ellas.
Todos los enamoramientos son redundantes, incluso el más importante, el que iba a ser para siempre.
Probablemente no me merezco nada mejor, todo por mi culpa. La vida es una mierda.


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