Es un sábado bastante solitario, de esos en los que te gustaría apoyar tu cabeza en otra persona y relajarte juntas. Me pregunto si me echa de menos; creo que tiene tanta actividad que no habrá tenido tiempo ni habrá querido. Aunque sólo el hecho de no querer contactarme para cumplir su deseo de tener tiempo para pensar, le hará recordar que yo existo.
Hoy he hecho una lista de las cosas que creo echará de menos en mí. Seguro que suena infantil e ingenuo, pero he pensado que con que sólo reflexione sobre una de ellas por semana, todavía faltan seis meses antes de que volvamos juntas. O sea, que hasta febrero ella no va a sentir la necesidad de verme, probablemente. De esta manera se cumpliría el año que voy a estar sola, desde el pasado marzo.
No sé cómo es capaz otra gente de llevar adelante su vida cuando les falta la persona a la que quieren; no tengo ni idea. Pero a mí me ayudan estas reflexiones. Son como ritualísticas, le otorgan sentido a esta espera, explican lo que está pasando.
Se trata de un proceso por el que subyacen reglas muy sencillas: dejar que ocurra lo que está sucediendo, que termine al transcurrir por su curso natural. Y luego pensar que lo anterior pudiera ser una alternativa de lo nuevo, lo que no ha funcionado, lo que no es suficiente. Y entonces asomarse a ver si el amor de la otra persona te ha seguido, ha continuado estando allí; y darse cuenta de que, si es así, ya no volverá a ser lo de antes, porque la nueva ilusión lo cambiará todo y lo convertirá en algo mucho más bonito: justo aquéllo ansiado, perdido y recuperado.
Lo que sucede es que ella no piensa así. Sus amores no han seguido estas reglas. Nunca ha vuelto con nadie, sino que ha esperado durante años a que una persona a quien quería regresara a su vida. Por eso está perdida, no sabe lo que va a pasar, lo que quiere, lo que podría suceder. No sirve de nada intentar explicárselo. Ella siempre quiere sentir las cosas, no racionalizarlas.
Y yo, que tengo el conocimiento de lo que puede suceder, es quien lo está pasando peor, la que la echa de menos terriblemente, la que a cada minuto quisiera coger su mano, compartir una sonrisa, contarle lo que le está sucediendo. Yo soy la que está a la espera, la que tiene por delante mucho tiempo, la que cuenta las horas y los minutos, la que vive con la incertidumbre de si volverá, de si realmente me quiere y me ha querido.
Porque ha pasado tan rápido de estar conmigo intensamente a no querer vincularse a mi vida, que un abandono me haría darme cuenta de que allí no hubo amor, sino sólo necesidad o inercia. Y que aquello contra lo que yo estaba luchando: la imposibilidad de superar los problemas, era el indicativo de que no teníamos ningún futuro, de que nos escondíamos tras un amor guarecido, un amor que no quería ser examinado, retado. Un amor acorralado, en definitiva. Una mutación de un deseo soñado y transformado en un usurpador, un farsante que clamaba muy alto y muy fuerte para disimular su vacuidad.
Pero prefiero no pensar en estas cosas, porque en todo caso yo tengo tanta culpa como ella de que esto fuera cierto, o de que hubiera ocurrido, o lo hubiera parecido. El que yo ahora sea capaz de luchar hasta el final no quiere decir que lo haya hecho bien antes.
Estoy intentando hacer planes, revisar proyectos y sacarlos ahora a la luz, enrolarme en un viaje para alejarme de donde estoy, para poder encontrar una manera de entrar en una pausa alargada donde no sufra por su ausencia y desamor. Acabo de empezar, y tal vez aún no disponga de los ingredientes necesarios. Intento subirme a un tren en movimiento para disfrutar de la luz de la vida, esa luz que se ha apagado cuando me he quedado sin ella.


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