Ya es oficial: tengo la rodilla rota. Llevo meses rondando por ahí sin ser consciente de ello especialmente. Una cosa es la imposibilidad de hacer algo, como andar con normalidad, otra, la rotura. Hay algo mucho más definitivo en una rotura.
Y esto me da de pensar ahora. ¿Cuántos huesos rotos tengo en el cuerpo? Muchos. Y poca gente lo sabe. Cada fractura tiene un significado, guarda un recuerdo imborrable, está relacionada con sucesos dolorosos, inevitables, brutales. Y ahora me he roto la rodilla. Pero esta vez no ha sido nada traumático. Estaba corriendo, y después de 10 km el menisco hizo finalmente chas.
Esta vez el proceso está imbuido en simplicidad. Primero me operarán, y luego vendrá la rehabilitación. Esta vez no tengo que ir a hospitales de urgencia. No se me ha echado encima el coche de un criminal que ha huido. No le tengo que pedir al policía que me preste una moneda para llamar por teléfono a alguien que no está en casa esperándome. No tengo que mentirle a la mujer de admisiones del hospital, que me pregunta por la naturaleza y la causa de la lesión. No me han pegado una paliza y me han tirado a patadas por las escaleras de un autobús. No he gritado de forma inimaginable para mí hasta entonces, porque es así que los animales heridos aúllan tras un ataque cruel, con la impronta en el adn, para ahuyentar al depredador.
No me ha mentido el policía sujetándome suavemente la mano entra las suyas transmitiéndome su calor, mirándome a los ojos, diciéndome que no estaba rota. No me ha tocado una internista que se pone a dar saltos de alegría delante mío al decirle el médico que lo ha clavado, que es una rotura, mientras yo rompo a llorar sin que a nadie le importe. No me han pegado un puñetazo en la cara y no he tenido que colocarme la nariz desde una posición imposible al otro lado del rostro hasta su sitio en el centro. No he llorado durante meses y he tenido miedo del mismo tipo de tío, que aparecía en todas partes, sin ser él.
No he ido a la comisaría llorando para hablar con los policías, porque no sentía que nadie más podía entenderme. No se ha sincerado un policía llamado Angelo con rizos de querubín en el pelo, que era realmente un ángel, sujetando mi mano rota y diciéndome que él estuvo en el hospital durante meses porque un gang le había machacado todos los huesos en una paliza brutal una noche en la que perdió a su compañero de visto, y le dieron por muerto. No me tengo que tocar y retocar el callo del hueso en la cabeza desde que se rompió de un impacto seco, como he hecho tantos años, simplemente por costumbre.
Ahora, no tengo que hacer nada de eso. Ahora tengo rehabilitación.


2 Comments:
Pues nada, a rehabilitar sin comerse mucho la cabeza..
besos
Nieves
Sí, rehabilitarse esos cambios ;-)
Besoss
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