lunes, 12 de noviembre de 2012

Incendios enfebrecidos


Habitación 25, planta cuarta sur

Martes, 16 de octubre, 6 y media de la mañana. 

Mi padre murió doce horas después. 

Mi madre y yo luchamos contra su alta fiebre que se ramifica y reverdece elástica sobre la fina piel de su frente, de sus brazos, de su pecho, de sus piernas. Debemos desnudarle, no hay tiempo, no nos queda el tiempo. 

La habitación: un ecosistema de esperanza fibrilada de dolor en vena, paracetamol congelado, y la imprecisa y recargable bomba de insulina que retarda la sangre, que nos recuerda su espesa red de arterias incandescentes. 

Las sondas, las cargas de oxígeno, las nebulizaciones sistemáticas interrumpen nuestras caricias, y sus partículas aleatorias asesinan la cordura, el reloj confuso de su respiración improbable. El suero ocular resbala en un reguero salino de tristeza insuficiente por las lineas rasgadas de sus párpados ovalados, felinos. 

El silencio se acalla con los estallidos suaves de las burbujas de su suministro de oxígeno húmedo y mecanizado. El catéter que se acerca a su corazón y que podría alcanzarlo si no fuera por diez grados de separación tiembla con cada pequeño estrépito. 

Nuestras batas verdes de algodón teñido nos ubican en este movimiento circular, encadenado, separado del resto del mundo. Recorremos su camilla de esquina a esquina en movimientos angulares, aprendidos, enteros, y cada paso replica segundo a segundo la forma del cuadrilátero de este ring de boxeo sin desmontar. Los puñetazos sordos repican rítmicamente en un suelo que ensancha el faldón telúrico de esta habitación aislada. Consolamos el impacto de los golpes bajos contra mi padre para que descanse en su noche enfebrecida. 

Renegamos de los guantes de un azul aséptico y romo que nos obligan a ponernos; rechazamos su plástica impersonal, su forzada separación. Queremos tocarle, memorizar su cuerpo, los huecos perdidos, la carne prendida, rendida al amor. 

Las bolsas blanqueadas de su alimentación intravenosa cuelgan en paquetes al vacío, ignorándole. La plasta de aminoácidos y glucosa se convierte en esporas al llegar a su corriente sanguínea, y la atacan con sodio cristalizado.  

Cubrimos su cuerpo desnudo de toallitas blancas escarchadas mientras la fiebre arrasa los espesos y encantados bosques de su consciencia. Nosotras retorcemos el algodón pequeño de las compresas blandas que flotan en una bacinilla empapada de hielo lúcido. Nuestra labor consiste en retrasar ese desenlace inevitable, ese inminente fallo orgánico, con nuestra ternura renovada, siempre renovada en esta despedida sin rendición. 

Un Ecce Homo en nuestro pequeño hospital de campaña, con el cuerpo desnudo ungido en decenas de paños blancos, con nuestras manos dotadas de ternura maternal, aliviando mediante una técnica precisa los recelos de la elevada temperatura de su piel. Las piernas de mi padre son demasiado largas para la longitud de la camilla, su cuerpo se extiende más allá de nuestra vista. Veo a mi madre serena, y en silencio las dos recibimos al alba, curando a mi padre con nuestro empeño. Con movimientos suaves y delicados le damos la vuelta a las toallitas cuando se calientan, rescatándolas con el hielo encendido e iluminado, alejando la ventisca de la enfermedad, los aullidos de la muerte. 

Las lágrimas son luces que no se licuan, el calor imberbe de su fiebre embarga el silencio. La madrugada revive la esperanza de una vida frágil. Nosotras conseguimos llegar, llevarle a tierra.

Mi madre y yo. 

Brillar, brillar, brillar. 

2 Comments:

Anónimo said...

Estoy aquí...
…cuando fue la ultima vez que viste las estrellas, con los ojos cerrados…?
Un abrazo grande.
Cáceres.

Ssplash said...

Ah, antes del alba de esa noche las estrellas destilaron imágenes de un bosque que se ofrecía a acogerle.

Besos