jueves, 6 de diciembre de 2012

Entrantes


Hoy era un día que tenía prisa por encogerse y asustarse. De hecho ha sido un día corto que no ha encontrado su manera de seleccionar los sabores adecuados, o de conseguirlos. Y da algo de miedo retirarse sabiendo que este día no ha podido encadenarse a ningún tipo de sentimiento concreto, a la pequeña revolución que iba consolidándose desde el principio de la semana. No ha replegado el ansia ni la ha satisfecho. Es un día de picores, sed, formas que no terminan de definirse. Un día echado en falta. 

 No me ha resultado posible el atajar las distracciones que tengo, y la vida sigue lanzándome retos que me azuzan diariamente. Esta mañana me levanté con ciertos planes de hacer algo indeterminado a nivel artístico; tal vez leer unos cuantos textos seleccionados, obligarme a trabajar un poco, afianzarme en el nuevo plan literario que tengo para la búsqueda y hallazgo firme de mi identidad. Pero una llamada de teléfono con una mala noticia arrasó con la estructura del día para imponer la suya. A partir de ese momento supe que tenía que desprogramar mi mente durante un buen número de horas y hacer lo que se esperaba de mí, lo que yo hubiera esperado también de mí.

Y luego el día se llenó de imprevistos que lo convirtieron en un colador lleno de agujeros por los que se escapaban los minutos como el agua. Así comenzó el día y ahora está terminando de forma muy diferente a como había empezado, ciertamente.

Y es difícil cuando algo coletea  retrotaerte al principio, como si de alguna manera pudieras influir en el presente que estás viviendo; no sé cómo explicarlo. Pero todas las acciones, sobre todo las pequeñas o las acumulaciones de pequeñas acciones, tienen un impacto en el aire que transpira el tiempo. Y no se pasan de largo, la verdad es que puedes conquistar un par de minutos de tu día, o una media hora, o un poco más, y olvidarte de lo que ha consumido la mayor parte de tu tiempo en esas últimas 18 horas anteriores. 

Hoy pensaba que iba a llenarme la cabeza de lectura, que iba a olvidarme del tiempo, que iba a cruzarlo como en una travesía intensa en la que no atiendes al juego de las manecillas del reloj, para finalmente escribir algo interesante, revelador, o por lo menos valiente. Y no sé si al final, por lo menos esta parte la he conseguido. 

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