sábado, 5 de enero de 2013

Colores


Desde que murió mi padre, he conseguido encontrarme a mí misma, y me he enfrentado cara a cara con los sentimientos y las emociones que importan, porque mi piel y corazón se desprendieron de las tristezas baldías, adquiridas por la necesidad, la impotencia, la desubicación, el constante mortero de fuerzas que no te permiten ser quien eres (y que en el fondo generas tú). Y mi casa y mis alrededores se han llenado de color; desde hace mucho tiempo quería bañarme en esa luz y color, y necesitaba integrarlas en mi ambiente, en mi respiración, dentro de mis branquias de acero. 

Y ahora noto esa plétora de sensaciones agradables en el refugio ardiente y barítono de la soledad y la escritura, de esta soledad que intentaba guardar y convertir en el seno de mis pensamientos más vitales, más sonoros, más internos, más floridos. Y todo esto ha sucedido por sorpresa. Siempre lo he intuido y lo he buscado, incluso en los rincones más oscuros de mi mente, en los callejones más sórdidos y brutalizados de mis sentimientos y en las travesías por el desierto, por el aullido y la pesadilla. Pero no esperaba ser una Eurídice reclamada; es como si mi alma en realidad se hubiera dejado guiar por sí misma, por su propio y retornado Orfeo, con aquel que puedo convocar cuando el ego y los miedos no se conjuran contra mí. La pesadilla ha terminado. Las cadenas se han roto solas y han caído a mis pies. 

Mi nivel de ansiedad se ha reducido en un 80%, y prácticamente solo salta cuando me anego con la intensidad burocrática de las gestiones de la testamentaría de mi padre, y en algunos de esos momentos lloro incluso ante personas extrañas que finalmente se dan cuenta de que pedir y presentar todos estos papeles de mierda no es un proceso natural e indoloro; la gente suele cambiar el chip para ayudarnos en vez de obstaculizarlo todo con esa chirriante voz impostada, surrealista y monótona que a menudo tienen. 

No lloro para conseguir su atención, simplemente lo que sucede es que comienza a acumularse una presión de tipo cardíaco, como un géiser poderoso que me ahoga y amenaza con reventar mi corazón (como le pasó a mi padre el día que murió tras más de 24 horas con 150 pulsaciones por minuto). Pero el apreciar la belleza de la evocación y reconocer la intensidad de lo que estoy viviendo, o enviar un pensamiento a la estrella del cielo que luce en su recuerdo, volver a sentir la valentía de mi padre y los preciosos sentimientos florecidos al estar con él, finalmente se convierten en una conversación tierna y cercana. Otras veces me guardo la emoción para una momento más íntimo y personal donde esté sola o con mi hermana.  

Así que de repente (y de nuevo, como en la infancia) me dejo mecer por el calor que vibra en mi habitación, por los viajes interiores, por las horas empapadas de trabajo creativo que voy surcando intensamente cada día. Y me implico en otras historias leídas, otros escritores y escritoras que me han precedido, otras personas con quienes finalmente puedo conectar ya que ahora compartimos el mismo estilo de vida. Como siempre, no me lo esperaba. Y sigo haciendo esas cosas que no hace nadie más que yo, esa combinación excéntrica e imposible de vintage digitalizado, birracial, marcado por el trotamundismo, la curiosidad y la nomádica inmersión en tu propio mundo. 

Es increíble cómo puede llegar a ser posible el encontrarte feliz en tu espacio, natural en tu soledad, tranquila y fértil en tu trabajo diario, propusalda por los estímulos de tu entorno personal. No sé muy bien cómo he conseguido dejar de sentirme atacada, tiranizada y presa por esos miedos, esas críticas y presiones interiores y exteriores. Creo que simplemente o las he dejado pasar o las he integrado. No sé si es un signo de madurez, de dejarse llevar por la edad y que no te importe el dolor pasado, de haber sido siempre optimista y haber esperado el momento, mi momento. Una de las cosas que siempre me repetía y decía a otras personas para tranquilizarlas (incluso viéndolo demasiado lejano y fuera de mi alcance en muchas ocasiones) es el bogardiano everything is going to be alright, kid; you'll see

I see.

“...in order for this to happen, your entire frame of reference will have to change, and you will be forced to surrender many things that you now scarcely know you have.” 

James Baldwin 

2 Comments:

Anónimo said...

Un abrazo inmenso...

;)

Cáceres.


Ssplash said...

¡Ah! Y otro para ti.

Besotes