Resurgir de las cenizas y empujar, improvisar, rellenar, trazar todo aquello complicado y resistir el tedio de la urbe.
Formas parte de un plan magistral que es como recuperar el ganado perdido, la fuente prometida, la retirada en sucio. Cuando salta el refugio por los aires y queda muy poco en su posición, una marca aguda de arena satinada que apenas ofende los sentidos, el olor de la brisa mojada se disipa con el de los lirios recién cortados.
En la frescura del día se acierta a recuperar la transición hacia la verdad, desoyendo la mentira de aquellas señas de identidad. Estoy contigo y sin ti, no espero para redimirte ni para redimirme. Y dentro de tu sal encuentro la apertura para llegar al otro lado.
Me reencuentro con tu impresión sobre las gotas de lluvia que tan sola me han dejado. Reitero esta pérdida, no tengo nada que arrinconar, que despeinar, que sincronizar. El periodo de desespero se ilumina fulminantemente y se acaba. No existen paraderos desconocidos. Se sigue adelante por la pura inercia de la caída del polvo del camino, por el sinsentido, la náusea, el reflejo de los días venideros. Todo esto es fácil compartirlo. Este reflejo no es inane: tiene transparencia y sinceridad. Juega con tu percepción, tu sentido de la realidad. Los temas importantes surgirán en unos breves instantes, no hay prisa, ni miedo, ni entrega de llaves.
Todo esto incluye una muy certera rebelión contra el mutismo y la aprensión, todo difuminado de forma poco sofisticada, de manera aberrante dentro de la lógica amansada que se presupone. Y en plena barbaridad oteo al horizonte y me rebelo contra las contrariedades que el presente me brinda. Parece que estoy hablando mucho para no decir nada, pero el dolor de la nimiedad y de lo insustancial que podrías apreciar en mis irrelevancias no evita catástrofes. ¿Entiendes?


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