domingo, 21 de abril de 2013

Escribir más


En estos días me había planteado hacer mi literatura más pública y acceder al exterior, y al mismo tiempo he sufrido de cierto malestar y hasta me he atormentado la idea. Finalmente he decidido no hacerlo porque (me) ha interrumpido el flujo creativo, la obligación y necesidad de la búsqueda, me ha estresado y me ha hecho ver los motivos por los que escribo, si es que se necesitan motivos. 

Fui a un encuentro literario en el que el público votaba la poesía y a quienes presentaban sus poemas. Yo misma caí en una dinámica en la que me planteaba a priori la puntuación que "merecía" el trabajo de otras personas. Para mí esto fue una perversión como lectora, como escucha. Desapareció ese momento tan tierno y delicado que se produce cuando tiendes puentes a otra persona, hacia otra experiencia, cuando eres capaz de percibir esa flor que se abre en ti a cada palabra y reconocerla en otras voces, otras caras, otros fonemas; esos instantes especiales en los que comienzas a retener en la memoria los enredos creativos de quienes te funden en su abrazo. Incluso la escritura puede tener más o menos calidad en tu barómetro, pero no por ello deja de iluminar tu alma y tus sentidos la lucha artística encendida en el cuerpo, los brazos, la voz, los ojos, el espacio en el tiempo de quien se cuestiona diariamente su identidad, la desbroza, la intenta palpar hurgando con las yemas de sus dedos en sus heridas sangrantes y abiertas. Es en su dolor, la pasión, la retirada, el encendido, el pistoletazo de salida, la náusea, el desvelo, el éxtasis que comprendes el enigma, la búsqueda, el encuentro con el monstruo, el fénix, Ítaca, lo sagrado, lo derelicto, la deriva, la furia. 

Entiendo la razón de ser y el dinamismo que fluye en estas reuniones literarias, y no las critico en realidad. Vi el entusiasmo del público, la solidaridad al posicionarse con su poema favorito, aquella persona que respondía a sus inquietudes. Había energía y pasión por la expresión, lo hablado, lo gritado a viva voz, la tensión escénica, la valentía de contar lo tuyo. Sólo reflexiono sobre mi resistencia a ellas. Pensar en encontrarme allí, encima de ese escenario me empezó a poner nerviosa y a sentirme incómoda. La literatura para mí es una ataque al subconsciente, un arresto cardíaco, un estilo de vida en el que te entregas a aquello que te alimenta, te absorbe, te define, y cualquier interrupción en mi caso me descentra y me impide regularme y fluir. No me gusta el rendir cuentas, el juicio, la competitividad. El escepticismo de un público me haría daño, y el hecho de tener que elegir desde dentro de mi actividad literaria lo "entendible", aquello que sí se puede compartir, etc, me hace sentir que tengo cierta responsabilidad hacia un posible público, pero otra diferente hacia mí. En el cine me he encontrado con mi público, y ha sido una casualidad bonita para mí, pero el esfuerzo por llegar a él me resultaba excesivo.

Yo no escribo por eso ni para eso; los motivos que tengo para escribir son misteriosos y aún los estoy descubriendo. Sé que hay muchas personas que quisieran escribir y la autocrítica les paraliza. Otras echan de menos el poder imponerse e imponer momentos de soledad para cicatrizar heridas invisibles, encontrarse en este mundo fluido y enhiesto. Yo me encuentro cómoda en este forraje, esta confrontación con la vida interior, esta realidad que es más intensa y veraz que la que parece estructurada en la arquitectura social. Pero no me opongo a la sociedad tan sólo soy consciente de la variedad que existe en ella, no estoy de ningún modo posicionada en una lucha contra lo exterior o las reglas impuestas. Ya tengo bastante con ordenar mi cabeza, mis ideas y buscar lo ignoto, lo nonato, lo que es libre y extenso, lo que te revela. 

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