No hay motivo para esto, pero siempre que subes al desván encuentras algo, aunque no sea nada más que polvo. Y entre ese polvo hay que trastear si quieres ser capaz de contar la vida tal y cómo va transcurriendo, minuto a minuto, golpe a golpe, brazada a brazada. Miramos demasiado a la superficie de esta bebida con sus cubitos de hielo y nos dejamos el resto del iceberg sin observar. Mirar dentro no es fácil porque esta lleno de tópicos: siento esto o lo otro, me encuentro así o asá, ella me ha hecho esto, esto ha pasado. Es difícil salirse de este sistema y avanzar tangencialmente, encontrando tu camino entre las cintas de plata del tiempo, del ansia, del remolino.
Verbalmente la exposición de sentimientos es bastante breve, simple. Por lo menos me lo parece a mí. Enredarse en la ciénaga del subconsciente tiene su lado oscuro, desde luego. Trascender, rebelarse, imaginar, remontarse; todas estas actuaciones que te sacan fuera del sistema, del mundo, hasta de la sociedad tal y cómo está organizada. Hay muchos agentes que te explican lo que está bien o mal. Es fácil tener el miedo en el cuerpo cuando se acerca la edad madura, como nos pasa ya a nuestra generación, y ya parecería que la vida te ha salido mal o simplemente más o menos, o así es la vida, etc. Y mientras tanto la vida es un matorral de esos sin raíz que rueda con el viento en los desiertos sin fe, sin amo ni patria, sin seguridad contra el vértigo de los barrancos. Y volamos igual pero nos aferramos a nuestra gravedad, al miedo al sinsentido. Y luego llega lo desconocido y simplemente nos embarcamos en la negación o en el aprendizaje de lo que nunca imaginamos siquiera sentir.
Rebelarse, pero ¿contra qué exactamente? Si hay algo que me ha enseñado mi padre ahora que no está es que aunque él no estaba de acuerdo yo tenía razón de querer vivir mi vida como deseo, sin hacer daño a nadie, sin hacerme daño a mí. Esta vida que se despega de ti como las hojas que caen por el peso de su tallo irremediablemente.


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