jueves, 25 de abril de 2013

Llamaradas


Recuerdas otros momentos de bienestar como una égida, e intentas comprender lo incomprensible. Este mundo elástico y su plasticidad, todo te sobra. Estás imbuida en tu esfuerzo y en su terreno. Esperas al paso de la página, al resuello, a lo resuelto. Y poco a poco te vas embrollando más sin ningún esfuerzo hasta que llegas ilesa al final del volumen, y los timbres te hacen saber que debes desembarcar y hacer pie en el agua, apenas encontrar el suelo a tientas. En el fondo es un devenir extraño, encontrarte en suspenso, como en las bambalinas del futuro sin pasado. Adormecida en la escarcha, recogida en tu propio seno, infectada por la rabia de algún animal interno, separada. Todas estas incógnitas se abren sobre ti y te propulsan a parajes nonatos, inciertos, ramificados. No hay ningún recibimiento, ni siquiera fuegos fatuos o encendidos. Todo se vive como una inmensidad, como un eterna pérdida. Y el pago por el tránsito está diferido. 

Las palabras te enzarzan como un escudo y sigues andando sin saber lo que significan. Este mundo se abre en ciernes ante ti. Te desperezas la mañana como si fuera un racimo de salidas que te ocupan, y no sales de tu asombro ante las miradas oblicuas que rindes al silencio, al momento encompasado, al redoble de los dientes de león, a las pulsaciones sonoras que te ignoran pero te requieren reaccionar. De repente notas como tu dedo intenta sacudirse de su anillo. 

Todo tiene un recorrido, una textura, un ventanal al exterior, lagunas destacadas por el hielo, aguas engarzadas en la tierra, reposos eternos en sus cráteres. Recoges la bienvenida en tu ropa y revisas tus recuerdos a pesar de la irritación que te producen esas llamaradas que te esperan. Es tu destino, y perecerás si no acudes a su encuentro. 

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