Tras la muerte de mi padre el año pasado, muchísimas cosas que parecían obvias dejaron de serlo, pero ahora todo va a cambiar de nuevo. Las cosas esenciales permanecerán, mientras que lo superficial dejará de tener importancia. De nuevo el tener una familia dejará de ser algo obvio. Puedes dejar de tenerla, sus miembros pueden comenzar a caer como árboles talados, el sol se convierte en tormenta, los días suceden a las noches sin que veas nunca más ninguna cotidianidad ni rutina en ello, sino solamente su milagro.
Y ahora ya sé cómo es la muerte. Ya sé cómo me afecta, qué hago para enfrentarme a ella, cómo intento eludirla, arrinconarla o no dejarme arrinconar. Pensar que mañana será otro día porque el de hoy ya ha corrido su curso, vivir en el momento, en el ahora, en trozos de 24 horas, de 6, de 60 minutos. Ahora sé qué significa tener neumonía, fiebre, la respiración agitada. Dormir con mi madre. Hablar de la sequedad de piel, de catéters, de sudor frío, del cuarto del equipo médico, si están o no están, con quién han hablado.
Lo peor en el sufrimiento es el miedo. El dolor lo trae el miedo y la impotencia. No puedo controlar mi dolor, pero puedo utilizar el tiempo, el silencio, mis brazos, mis piernas, mi voz.
Y tengo que escribir para seguir viviendo.


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