Me resisto a escribir porque me siento incómoda en mi propia piel. Una piel que me recubre pero que no me transpira entera. Tal vez debería ir en búsqueda de otro vocabulario que pueda ensartarme en su espacio y permitirme barajar mi verso en piezas móviles que encajen.
Llevo varios días rodando plena de actividad, y ahora me gustaría encontrar de nuevo los lugares comunes que suelo habitar. Escribir con cansancio y con ansia es un buen ejercicio para extraer la verdad. Siempre hay excusas para no escribir, para no encuadrar tu día con la intencionalidad de la palabra. Me gustaría explicarme lo que siento ahora mismo, porque imagino que siento, o tal vez siento que imagino, y son ambas cosas las que quiero quiero capturar. La película fotográfica plasma un instante impresionado en el tiempo, y el escribir es como un stacatto múltiple, las salvas afiladas del tambor de un revólver, una idea mínima atravesada por la emoción como la mariposa de coleccionista.
Estas semanas necesito estar sola más que nunca, y necesito el tiempo que me ha robado publicar el libro para poder escuchar mis pensamientos en mi soledad, ese mantra interno que no quiero desperdiciar. Ese diálogo conmigo misma desmenuza mis sentimientos y produce los deseos rutinarios, los movimientos de mi cuerpo, las frases que me escucho pronunciar cuando hablo con los demás. Esas palabras son escanciadas con el estado de ánimo de cada día, y si la escritura pudiera desmenuzarlas haría que se abriese la verdad como un océano bifurcado por una raja reveladora.


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