martes, 25 de junio de 2013

Noches cafeinadas: butternights


No, claro; no debería haberme tomado ese café. La cafeína está rebullendo en el lado plano de mi vientre, y es extraño, porque una noche debería estar descafeinada, pero hoy no lo es. Nada ha cambiado, porque las últimas tres semanas han sido un subidón espumoso y constante, y por eso mi blog se ha revelado como un staccato miedoso intercalado con y sin imágenes, y ya no puedo esconderme más tras mi desvelo, porque al igual que la noche está desvelada, mi cabeza también. Y aunque mis ideas sean como mariposas de colores al vuelo, y este teclear un intento leve de utilizar una red y cazarlas todas juntas, aunque algunas se escapen, voy a parar un momento y entregarme a la soledad sonora de la trebuchet sobre el fondo blanco. 

Tengo que aprovechar que ya he aprendido que no necesito contar cosas para interrogarme, que no preciso tender puentes, ni alcanzar las filas enemigas para escribir o reconocerme. Que todo vale, que el relumbrar es suficiente y las palabras fluyen más o menos entregadas al vacío. Esas mariposas de colores siguen revoloteando dentro y fuera de mi vientre, y yo ya no aspiro a regar la tierra ni el cielo con ellas. Las personas somos tan ambiciosas, siempre buscando una forma de excelencia, de destacar, de demostrarnos a nosotras mismas que somos exuberantes y fantásticas, o por lo menos válidas el precio de la entrada. Es una aspiración permanente y extenuante. 

La verdad es que dentro de mí brilla una nueva coherencia que está poblada de fragmentos volátiles, y no me preocupa si terminará cristalizando en un silencio respetable y ordenado. Cómo voy a tener miedo con todo lo que me ha pasado en la vida. 

Pero ahora ya no tengo que estar tan centrada en mí. 

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