Tengo la piel elástica, los ojos como candados. El corazón reprimido y tardío. Cruzo las palmas de mis manos sin encontrarlas, podría colgarme de las cejas y saborear las dimensiones de un erizo de mar en mi estómago. Quisiera huir de mí misma, de las marismas de amianto que trenzan la curva de mi espalda, de la lluvia de electrones que chirría en mis sienes. El aire se mezcla con el sinsabor de mi boca donde la lengua, los dientes y la saliva se toleran y se han arrinconado. Podría inflar decenas de globos con una aire seco, interno, áspero y acerado.
Este libro tiene las páginas pegadas por aloe, y no viaja.


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