Últimamente me siento atrapada por el sinsentido de la muerte de mi hermano. Observo con estupor emocionado y trágico sus objetos, los espacios que puebla. El otro día sacamos unas chaquetas y plumas suyos para darlos a los jóvenes africanos que se ganan la vida en la acera del Vips indicando a los coches dónde hay hueco para aparcar, y tras unas horas con la ropa encima de su cama la habitación estaba hinchada con su olor. Me quedé sorprendidísima al entrar en su cuarto por la tarde y entremezclarme con él de esta manera. Todos mis sentidos estaban alerta, notaba su presencia inmensamente, y su falta. Se te queda la cabeza embotada, no sabes qué pensar, te lo guardas todo, te embarga el sentimiento, te echas atrás.
Tengo su gorra de béisbol azul del Chicago. Verla así, sobre mi mesa, no ayuda a recordar lo alto que era él y cómo esta gorra coronaba su fina cabeza rapada. Pienso mucho en él, sobre aquel día que subió para darnos las flores a mi madre y a mí, sonriente como un niño, con la visera cayéndosele casi al nivel de las cejas; se había afeitado la cabeza hacía una semana y los alfileres de pelo recio que habían crecido apenas podían sujetarla en su sitio, parecía. Compartió con nosotras un arranque de frescura, de sensibilidad y de risa. Mi recuerdo se fija en el momento en el que le abrí la puerta y le vi ahí, frágil, luchando contra su enfermedad, rebulléndose, zafándose de ella, con su cuerpo largo y ligero, como siempre encaramándose al suelo desde arriba.
Tengo esa imagen y también la de cuando se convirtió en el hombre elefante con la máscara de oxígeno que llevaba permanentemente en el hospital, y esa noche que se ahogaba y yo llamé al control de enfermería, y nos sentamos los dos en el borde de la cama mientras le hacían el electro y le administraban sueros y aerosoles. Yo le tenía enlazado por la cintura con mi brazo para que se sintiera seguro y no se cayera; estábamos juntos cuerpo con cuerpo, y él, no sé si sorprendido o tierno, me miró durante unos segundos mientras yo le sonreía.
Mi siguiente imagen fue verle muerto cuando después de haberme pasado toda la noche con él, y que mi madre apareciera a las tres de la mañana y me acompañara, volví de haberme comprado una botella de agua de la máquina, y mi madre y mi tía intentando explicarme torpemente lo que había pasado durante esos cuatro minutos escasos. Yo salí corriendo y arranqué a la gente de enfermería del control para que acudieran a su lado y le reanimaran con el equipo del carro que habían subido a planta el día anterior especialmente para él.
Después de eso me acuerdo de cuando nos dijeron que había muerto y que no habían podido hacer nada, y entramos en la habitación como una tromba. Mi tía le puso la sabanita sobre la boca porque la tenía abierta y la barbilla le colgaba sobre el pecho, una boca seca por el oxígeno, ausente, donde no se le veían esos labios preciosos y carnosos de estatua griega, donde un triángulo de oscuridad nos permitía ver el final de su vida dentro de su cuerpo.
Más tarde, en el sótano del hospital estábamos sentadas mi hermana y yo, y él tumbado allí, con su cara preciosísima; tenía la boca cerrada y sus labios habían vuelto a ser como eran. Le acaricié el cuello y todavía lo tenía caliente. Era la mejor manera de decirnos adiós, con sus ojos cerrados y las cejas y pestañas de grafito, sus facciones esculpidas, su barba de dos días férrea dibujando los trazos perfectos de su cara. Era bello.
Era su adiós. Una imagen que se te graba en el alma en tres dimensiones, que te da fortaleza. Saber que él estaba ahí, con nosotras, en esos últimos momentos en los que todavía podíamos estar con él, acariciarle, besarle, despedirnos. Fue un momento que ni la muerte pudo arrebatarnos.
Tengo su gorra de béisbol azul del Chicago. Verla así, sobre mi mesa, no ayuda a recordar lo alto que era él y cómo esta gorra coronaba su fina cabeza rapada. Pienso mucho en él, sobre aquel día que subió para darnos las flores a mi madre y a mí, sonriente como un niño, con la visera cayéndosele casi al nivel de las cejas; se había afeitado la cabeza hacía una semana y los alfileres de pelo recio que habían crecido apenas podían sujetarla en su sitio, parecía. Compartió con nosotras un arranque de frescura, de sensibilidad y de risa. Mi recuerdo se fija en el momento en el que le abrí la puerta y le vi ahí, frágil, luchando contra su enfermedad, rebulléndose, zafándose de ella, con su cuerpo largo y ligero, como siempre encaramándose al suelo desde arriba.
Tengo esa imagen y también la de cuando se convirtió en el hombre elefante con la máscara de oxígeno que llevaba permanentemente en el hospital, y esa noche que se ahogaba y yo llamé al control de enfermería, y nos sentamos los dos en el borde de la cama mientras le hacían el electro y le administraban sueros y aerosoles. Yo le tenía enlazado por la cintura con mi brazo para que se sintiera seguro y no se cayera; estábamos juntos cuerpo con cuerpo, y él, no sé si sorprendido o tierno, me miró durante unos segundos mientras yo le sonreía.
Mi siguiente imagen fue verle muerto cuando después de haberme pasado toda la noche con él, y que mi madre apareciera a las tres de la mañana y me acompañara, volví de haberme comprado una botella de agua de la máquina, y mi madre y mi tía intentando explicarme torpemente lo que había pasado durante esos cuatro minutos escasos. Yo salí corriendo y arranqué a la gente de enfermería del control para que acudieran a su lado y le reanimaran con el equipo del carro que habían subido a planta el día anterior especialmente para él.
Después de eso me acuerdo de cuando nos dijeron que había muerto y que no habían podido hacer nada, y entramos en la habitación como una tromba. Mi tía le puso la sabanita sobre la boca porque la tenía abierta y la barbilla le colgaba sobre el pecho, una boca seca por el oxígeno, ausente, donde no se le veían esos labios preciosos y carnosos de estatua griega, donde un triángulo de oscuridad nos permitía ver el final de su vida dentro de su cuerpo.
Más tarde, en el sótano del hospital estábamos sentadas mi hermana y yo, y él tumbado allí, con su cara preciosísima; tenía la boca cerrada y sus labios habían vuelto a ser como eran. Le acaricié el cuello y todavía lo tenía caliente. Era la mejor manera de decirnos adiós, con sus ojos cerrados y las cejas y pestañas de grafito, sus facciones esculpidas, su barba de dos días férrea dibujando los trazos perfectos de su cara. Era bello.
Era su adiós. Una imagen que se te graba en el alma en tres dimensiones, que te da fortaleza. Saber que él estaba ahí, con nosotras, en esos últimos momentos en los que todavía podíamos estar con él, acariciarle, besarle, despedirnos. Fue un momento que ni la muerte pudo arrebatarnos.

2 Comments:
O
2
Hola, Sonja. ¡Cuánto tiempo! No sé lo que me dices ...
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