sábado, 19 de octubre de 2013

Suelo

Llevo algunos días en los que mi paisaje interior se ha estado resistiendo a dejarse hilvanar, y eso me ha dejado también desplazada e insegura de mi valía, de mis posibilidades de encontrarme y validarme, y la capacidad de definir mi estado. No consigo describir mis perspectivas internas, pero también sé que esto es debido a que me gustaría tenerlo todo más accesible, que su visibilidad fuera espontánea, y así poder deshacer la amalgama y extraer el mineral precioso de la mena para sacudir el significado de su interior.

Pero tal vez el tener entre mis manos la imperativa de buscarme en el estrato, en el suelo, en la hojarasca que está formada por la acumulación de impresiones de la conciencia, tenga una importancia vital en el proceso de recomposición del ser y su identidad, y por tanto sea necesaria su contemplación desde fuera para darle cobertura y descodificarla. De la misma manera que el árbol caído asegurará la riqueza de nutrientes del suelo para que los bosques futuros continúen la promesa de vida, la naturaleza que vive en tu interior y que ejecuta su causalidad y destino implacables te asegura la supervivencia.

Solamente la reflexión en solitario puede servir a este fin, únicamente el volcado diario de tu magma hace posible tu reconstrucción. No debo huir nunca de mi interior, no puedo esperar a que el mundo me encuentre y me identifique; tampoco puedo confiar en mi reencuentro amistoso conmigo misma. Probablemente esto lo consiga muchas veces de modo furtivo y misterioso, y el resto del tiempo sólo pueda confiar en la hojarasca fértil, en el suelo vinculado a su pasado, en la degradación que supone la transformación inexorable del ser, sus dudas y renuncias, sus pérdidas y balbuceos, y su sintonía inevitable con las leyes de la naturaleza que crean vida, esa vida de la que a menudo nos escondemos y que brilla en la inmensidad de forma propia y lúcida.

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