miércoles, 30 de octubre de 2013

Y él

Y he visto a mi sobrina de tres años viniendo a abrazarme constantemente en el tanatorio, porque sabía que su madre lloraba, sabía que el tío había muerto, sabía que su tío creyó siempre en aquel ángel de la guarda que venía a visitarle desde la infancia, y ella venía corriendo y se lanzaba sobre mí, y me besaba constantemente. Y mi sobrino de seis años, pensativo, corrió a ver a su tío, lo primero que hizo al llegar al tanatorio fue escabullirse y entrar en la sala a verle corriendo. Cuando le enterramos, al ver que metían su féretro, corrió a tocarlo sin que nadie le hubiera dicho nada, llorando, con su manita extendida, a la que se unieron la de mi hermana pequeña y la mía. Luego fuimos a ver a mi padre, están los dos juntos en el mismo cementerio. Mi sobrino piensa que todo el mundo se muere en el hospital, desde luego mi familia parece tener ese destino. No puedo penetrar en sus pensamientos, no sé lo que piensa, pero también
corre hacia mí y me abraza de forma especial desde entonces.

Y dentro, con mi hermano, estaban los dibujos de mi sobrinita, de mi sobrino, su reloj, uno de los muñequitos preferidos de mi sobrinita bebé (su mapache) que quería dar a mi hermano para la eternidad, aunque tampoco nadie le había dicho nada. Su hermano pequeño le había afeitado la noche anterior en el tanatorio, le había vestido con su amigo alcohólico, le había velado. Volvió a decirme algo horrible mientras recogíamos las cosas en el hospital, cuando nadie escuchaba, le evité como a la peste, porque es como la rabia, está rabioso como el perro endemoniado de las leyendas, pero perdió a su adorado hermano mayor a quien cuidó durante años. Yo le tuve que evitar, y, como con mi padre, mancilló mi experiencia única, arreció en su cizaña, su lengua de víbora ardiente y venenosa, intentó contaminar mi amor por ellos con su basura. Llevé a dos amigos para que me hicieran de escuderos, no se atrevió a acercarse, y ellos no se
separaron de mí con sus cuerpos masculinos de Caballeros de la Mesa Redonda. Todo el mundo pensó que mi querido amigo N., de casi dos metros de altura, era mi novio. Le pedí al cura del responso en el tanatorio que no hablara del regocijo de la vida eterna, le tiré del brazo y le obligué a consolar a mi madre que estaba sentada en una butaquita, hundida, pequeñak,<. Se acercó a ella, le cogió la mano y le dijo que ella estaba más cerca de Dios que él mismo por haber cuidado a mi hermano durante tantos años.

En el entierro el cura era negro, se llamaba Dimitri, tenía la misma tez que mi padre, su acento francés. Me alivió con el calor de vino de su voz.

Cuando mi hermano estaba en el hospital todo el mundo vino a verle, y fue precioso. Mi prima pequeña me sorprendió. Venía por la tarde, a la hora de comer, por la noche de repente aparecía. Me ha abrazado al verme llorar, vio a mi hermano tener alucinaciones, reírse, cantar el Teherán, Teherán de Pepi, Luci, Bom, dar sus grititos al ver las pelis de Almodóvar que le llevé, mariconeando a rebosar con su enfermera A. que era su novia en el hospital, mandarme a la porra de forma que le oía toda la planta. De todo. Dejaba a las tres niñas y venía a ver y a abrazar a su primo. Le dio la comida pacientemente, le sujetó la bacinilla del pis, la limpió cuando yo fui a comer furtivamente al restaurante.

Yo dormía allí por la noche y hacía maratones de catorce, quince horas. Llegaba alucinada a casa después de deambular por trenes de cercanías, metros, calles ajenas, cercanas, y a veces no me dormía hasta la siete de la tarde.

Algunas noches me leía un libro casi entero a la luz del quicio de la puerta, cuando la planta estaba casi a oscuras, pero intentaba aprovecharme de la luz del control de enfermería de enfrente, intentando que no le alcanzara a la cama de mi hermano. Otras veces tenía que recolocarle el oxígeno varias veces por minuto, ha llegado a ser hasta seis horas seguidas, porque se agobiaba tanto que se lo estaba quitando constantemente a manotazos continuos, y cada vez le decía, como un mantra: "Tranquilo. Es necesario. No te la quites, venga, venga." O: "Noooo, ¡no!" Me miraba entre sueños, alucinaciones y borracheras de oxígeno. Tenía noches de espanto en las que se ahogaba y yo movilizaba a todo el control de enfermería de madrugada. La peor hora era las cuatro de la mañana. La Hyène deambulaba traicionera y despierta. Mis noches en el hospital, como con las de mi padre en las que me llevé el pijama y el edredón, aunque con mi hermano no dormí nunca a pesar de darme a veces bajones espectaculares, se convirtieron en algo orgánico, táctil, y los cinco sentidos estaban en ello. Sabía cuando se quitaba la máscara del oxígeno porque escuchaba el matiz del cambio del rugido de la salida, y me he llegado a levantar cientos de veces. Ha sido intenso, agotador, precioso.

Le he olido, le he tocado todas las partes del cuerpo, le he limpiado íntegramente, y él me ha dejado. Le he apoyado en su rebeldía, le he convencido en situaciones durísimas de que aceptara los procedimientos médicos que le aplicaban, he visto gotear durante horas la quimioterapia que le quemaba la piel. He visto cómo le pinchaban seis veces por no encontrar la vena, lo he visto todo. Le he visto morir, le he salvado muchas veces, y él me ha salvado a mí. Mi hermana pequeña también estuvo allí sola y llamó y rescató su vida cuando hubo que reanimarlo en una ocasión tras darse cuenta, entre la ceguera que te inocula la Hyène para narcotizarte, de que algo no iba bien. Lo supe instintivamente. Son cosas mágicas, telúricas, impensables con la mente, transparentes al corazón.

Mi madre ha chillado al teléfono como un grito primario, de tigresa herida, traspasando el umbral de la desesperación, del dolor cuando la he llamado en esas ocasiones que igual que con mi padre en las que también llamaba a mi hermana a cualquier hora de la madrugada, y ellas venían, siempre venían. Mi hermana dejaba a su niña bebé y a mi sobrino durmiendo a cargo de su padre, y venía. Me imaginaba sus trayectos a la carrera por las carreteras vacías de oscuridad brillante. ¿Qué pensaría durante la tensa espera del viaje? He visto la serenidad de madre tanto de mi hermana como de mi madre.

He dormido en la cama de mi madre durante meses, la he visto aparecer a cualquier hora de la madrugada para ver a su hijo, dormir dos horas y estar con él en los otros turnos machacándose la espalda con la horrible silla de visitas, siempre pensativa, siempre dulce, siempre toda manos, caricias, renovando apósitos, cuidando de las mudas de la cama, a veces apocada, otras indignada, siempre luchando una batalla campal con el equipo médico, otras recibiendo el apoyo solidario de enfermería, de algunas auxiliares que adoraban a mi hermano y le cuidaban como a un niño. "No, no te voy a dar tabaco. ¿Cómo está mi niño? ¿Cómo está mi amigo del alma?", decían. La auxiliar de limpieza, una mujer de pelo eléctrico teñido de pelirroja le hablaba como si le conociera de toda la vida, toda poderío de voz despachada, con su cuerpo grueso, sus manos gruesas, su corazón enorme.

He visto a mi tía tratarle con un cariño inimaginable, inimaginable, de los que aprendes porque nunca has visto algo igual. He visto a mi tío mirarle con una ternura infinita. A mi otra tía perdiendo a su amigo que le acompañaba a recitar sus poesías en los centros de mayores, que fue a comer a su casa todos los jueves durante los últimos veinticinco años.

Al oler la piel de mi hermano me encantó que siempre rezumaba a dulce, a masculino, a beldad; la he rozado, la he ansiado, he querido al vello de sus brazos, la melanina que comparto de su piel; he visto cómo a su cara le rondaba la muerte, cómo se alejaba, cómo cuando ya había muerto se convirtió en la estatua más bella que has visto nunca, nunca. He visto a su amiga, una chica sencilla y buena que le adoraba (esquizofrénica también), que le paseaba cuando ya necesitaba la silla de ruedas, cómplice en sus travesuras, sus líos, la he visto llorar de desesperación y pérdida al ver a su amigo tumbado en un banco de piedra liso, muerto, precioso, digno. La he abrazado mientras sollozaba, porque su dolor era el mío pero en ese momento me sorprendió, pero era lógico consolarla a ella; he enlazado su cintura con el brazo mientras sentadas le mirábamos durante largos, largos minutos.

Ella me vio en la calle hacía unos días, después de salir del metro de Islas Filipinas aunque había entrado antes porque iba a ver a mi hermano, pero mi hermana me llamó al móvil para venir a recogerme mientras estaba a punto de comprar el billete, y salí del metro porque habían dicho que mi hermano iba a entrar en paliativos; nos negamos rotundamente, mi madre se revolvió como una leona, el equipo siniestro de paliativos se echó hacia atrás con pánico en los ojos. Mi hermano vivió luego casi una semana más, consciente, despidiéndose. Yo llamé al cura amigo de mi padre del hospital durante más de cincuenta años, donde mi padre era cardiólogo y él, sacerdote residente, porque sabía que mi hermano era religioso aunque ni mi madre ni mi hermana lo somos. Mi hermano le rechazó al principio volviéndole la cara hacia la ventana, reflejando miedo, ahuyentándole, con desprecio, y rechazo a la vez, con un chasquido de la lengua en señal de disgusto. Pero una vez solos él habló de su ángel de la guarda, el que él creía desde pequeño ver a su lado protegiéndole, aunque en esa fase, postrado en la cama, casi no podía pronunciar una palabra; y al volver mi tía y yo a la habitación tras avisarnos el sacerdote, él estaba en paz, y rezó por mi madre, nosotras con él, y su sacerdote suavemente sujetándole la mano; no sé si pensando en su muerte o en su recuperación, supongo que ambas cosas.

Mi hermana corría para recogerme en el coche. Yo estaba ahí, en la calle, esperándola, con la mente galopando, algo vacante, mirando al mundo sin comprender nada, sin querer nada. Y al ver a la amiga de mi hermano, y ella preguntarme por él, rompí a llorar como nunca he llorado, en hipos chirriantes y dolor histérico, desconsolado, disparado por un resorte inequívoco, y ella me abrazó delante de todo el mundo que se paraba sin querer entender qué pasaba, y me consoló. Luego vino mi hermana con el coche casi derrapando y salimos disparadas al hospital.

La Hyène, la muerte, que ha sido también ver cómo me moría yo, cómo se morían en mí tantas cosas que ya no quiero y otras que echaré de menos y que me ha arrancado, ver cómo crecen nuevos sentimientos, nuevos pensamientos, me lleva hacia una Ítaca nueva, deslumbrante, cierta, extraña, ajena y cercana a la vez. Embarcada entre sentimientos de pérdida, a la espera de lucidez, todavía atravesada por el dolor, en busca de esa luz que quiero compartir con mi hermano en mi corazón.

La muerte me ha despertado del sueño de la vida. Como Segismundo, pensaba que la vida era un sueño, y el sueño era esta vida.

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