miércoles, 13 de noviembre de 2013

El Norte


Y tras el caos de estas últimas dos semanas vuelvo a intentar narrarlo todo. Narrar y narrar; a veces mi vida, a veces el pensamiento, otras el sentir puro y duro, irascible o exultante. Durante este tiempo tan lejos de aquí me he estado buscando constantemente, por todas partes, intentando al caminar por el hielo avistar las banderillas que en otro tiempo habría clavado en él con mis señas de identidad. Es extraño cómo, por mucho que intentas aferrarte a ti mientras te rodea la ventisca, te desdoblas y una parte de ti te deja una vacante, y se aleja mientras todo se vuelve confuso y retirado. Es como un destierro de ti misma, del mundo, de todo. Es más fácil describirlo ahora que en el momento en que sucedía, aunque la intensidad de ese perturbar, de esa hecatombe se ha reducido enormemente, y en realidad lo que logro describir aquí no es sino un bosquejo de lo que ha estado sucediendo, porque es como un sueño que se despeja y te abandona cuando el despertar comienza a cuajar y tu ensoñación se esconde, se resguarda en un fósil acaracolado. 

Pero mientras se estaban preparando las horas heladas, me intentaba forzar a escribir, a narrar, a decir algo, y no me daba cuenta de que en estos principios de noviembre el reloj ha querido dejar de contar las horas que se desvanecían, los minutos se han vuelto forraje, y los colores han ido perdiendo su tonalidad. Un torpor creciente y el desaliento más insultante me han empujado contra la pared. Mientras se estaba forjando este sueño arisco y desabrido mi capacidad de contar ha sido rebajada con una lima de hierro prácticamente a sus virutas, se me escapaba el conocimiento de mí, de mi mundo, de aquello que me sustenta. No he podido localizarme, pintar mi autorretrato, y a medida que los días pasaban, me parecían ajenas aquellas visualizaciones de apenas unos días atrás; el haber podido levantarme, movilizarme, el haberme ilusionado con algo, el haber hecho la mínima acción parecían cosas extrañas a mí, a mi estado actual en el que me estaba descomponiendo. 

Da igual que alguien te diga que van a ser sólo diez días, una semana, el dolor mental es tan fuerte que te desdibuja y te atormenta, y sólo quieres que te deje en paz. Ahora todavía lo noto cerca, no me ha abandonado completamente. Sé que mi mente está exhausta y que necesita de un par de días o tres para comenzar a sentir que está en tierra firme, que el suelo no es un océano de tinta en el que flotan las placas tectónicas y se resbalan a tu paso. 

Mañana me encontraré mejor, aunque tengo que tratarme bien. 

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