lunes, 18 de noviembre de 2013

Apeadero


Cualquier momento es bueno para escribir, incluso aquéllos en los que te falta fluidez y la mente no exterioriza sus líneas tangenciales, sus intentos de encontrar o de evitar coherencias, sus parajes nublados, sus incursiones en lo escondido. 

Estos días, debido a que no estoy dedicando suficiente espacio físico y mental a mi escritura ni a mis lecturas literarias, me encuentro retenida en una falla imaginativa de la que quiero salir cuanto antes. Quiero robarle el tiempo a las precisiones y exigencias de la vida y voy a encerrarme a escribir. 

La vida transcurre al ritmo rápido y exclusivo de sus minutos. La manera de emplazarla es escribiendo. Al hacerlo nunca tengo la sensación de perder el tiempo. Es para mí la actividad más cercana a la respiración. Cada palabra es un paso más hacia la eternidad. Y es cierto que a veces querer escribir es como proponerte sudar. Ahí sentada, la realidad parece obvia, incluso dentro de su resbaladiza resonancia, y no ves la manera de invocarla. Parece insípida, lánguida, muda. Las palabras, las frases no corren a tu encuentro. Miras tus manos, tus dedos, tu pluma con preocupación, con cierta inquietud, queriendo estar consciente, pero sintiéndote detenida en un apeadero. 

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