Es en mí el arte de visualizar conceptos, mimetismos, elementos sensuales en su idealismo. La belleza de la densidad, la fragancia enredada en la multiplicidad de vetas y tonos, el kaleidoscopio orgánico de relieves y palpaciones a ciegas, pulsándote los dedos, rasurando el filo del significado con las yemas dactilares, retozando en la tridimensionalidad del sentimiento otrora desvanecido, invocando el alma de las cosas, troceando la enervada presencia de las formas desde su visualización, rastreando sus direcciones y su ubicación en la rosa de los vientos recién estrenada.
A veces esa capacidad se me escapa, los vértices y sus puntos de fuga, el periodo de tiempo que en la memoria se tarda en recordar y en disipar recién cortada en su tallo la huella indecisa de este recuerdo, en retenerlo atrapando su fugacidad, ya que de otro modo no hubiera existido.
Cuando acaba la avalancha de ruidos recabados en el papel y la letra trenzada en su ímpetu el pasado parece futuro, el tiempo se esboza, se prensa, se incendia. La materia del cuerpo se convierte en una corriente acuática (ignota), un dulce despertar a la ingravidez lánguida y drogada, el abandono de lugares donde permanecías en pie o sentada, desde donde pensabas el movimiento, desde donde encontrabas el sentido de la pausa, la detención.
Pero la historia, la exploración es inmensa en un abandono del intento de contar; donde antes había pulsaciones y palpitaciones ahora hay coordenadas en un espacio de forma y carne. Donde existían las medidas, la relación tiempo - vida, la síntesis al responder lo que te pasa, el afán de sinceridad, ahora tan sólo hay un imaginar y detectar lo que antes no latía pero que sentías perdido sin existir.
Es extraño esto, darte cuenta de repente de que comienzas a notar una parte inexistente de tu cuerpo, que podrías tocar con ella, sentirlo crecer, renovar sus células, interseccionar sus enervaciones radiales de nervios, su envoltura de piel, sus articulaciones irrigadas. Pero al intentar moverla, aunque estés segura de que está allí, no es palpable, no puede asegurarse su presencia, su crecimiento, su rotura de fibras musculares en pos del explosionar de endorfinas y constelaciones celestes de neuronas y movimiento, el reconocer la unión que os impedirá desataros, oxigenaros y coordinar la felicidad al respirar el aire, al saciarte al ingerir la comida, encontrarte, intuir tu identidad al revelar la edad del cuerpo.
La edad del cuerpo, ese concepto cartesiano que se ha propagado como la pólvora a lo largo de los siglos y que se cree a pies juntillas como dogma de fe. El tú y el yo embalsamados en los años de vida y las décadas que presuntamente te quedan por vivir. Ese reconocimiento de la linealidad de la existencia; la creencia en la edad del cuerpo y cómo te modifica a ti, a tu sensibilidad ese concepto binario forzado en ti del sí y el no, de la vida y la muerte, del silencio y el estruendo, de la existencia y la destrucción, todo ello que te obliga a asumir la incongruencia de la contradicción, la necesidad del racionalismo, el orden, el procesamiento de las percepciones. Pero tu pluralidad de experiencias y pulsiones (cuando las reconoces), te permite separar el aceite del agua y comprender la palabra como imagen, y la imagen como la palabra.
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